En algo así como en
diagonal noroeste, Coralto no supo si siguió a Alan o a Andrés, pero sus
propios otros ojos lo observaron con desconfianza, incierto de haber cometido
una elección mal guiada. En eso, dos guardias reales se aparecieron desde el
otro pasillo paralelo, y la velocidad de la persecución aumentó, con los
muchachos respirando entrecortado. Conocedores de los secretos del
entramado de corredores, los encontraron rápidamente, por lo que debió ser un
atajo, y armados para ofensiva en la aridez del caleidoscópico paisaje, no
dudaron en atacar. Coralto ofreció su cuerpo como escudo en un intento de
salvar a su amigo, y quedó atravesado por una especie de lanza en el medio del
estómago. El sobreviviente negó dolido y gritó por ambos cuando lo vio caer
rendido, incrustado contra su amorfo duplicado, y por un segundo se detuvo
pagando en culpa lo que Coralto lloraba en sangre. Pero este último se negó a
que él corriera su mismo destino.
— ¡Corré, boludo! Que no
te agarren, regresá por donde viniste—le ordenó, y antes de llegar a verlo
sucumbir, obedeció. El de áurea cabellera y el viajero se desvanecieron en
formas muy asimétricas, aunque en unísono.
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