Se plantaron en frente de
la visión bestial y fueron ordenados y amenazados a decir sus últimas palabras
antes de su condena por irrumpir a la fuerza en el palacio. Alan
respetuosamente pidió que les señalen el camino para retirarse de los dominios
reales, para así invitarse solos fuera de su vista, y consiguió que se les
rieran en la cara. Lo más extraño fue escuchar a la reina reconocer un estrato
superior en la jerarquía, obligándolos a arrodillarse ante alguien contra una
pared, alguien que no les quedaba claro quién debía ser. El círculo más íntimo
de asistencia y seguridad presente en la alcoba, rindió culto en la dirección
que la sentada en el trono señalaba.
—Si quieren escapar,
intrusos, quedaran sus futuros en los caprichos de su majestad—accedió con voz
demoniaca, y a su manera, sin interrumpir su labor, hizo una reverencia al
espejo gigante. — ¡Denle poder! —pidió, y de un cablerío que llegaba a otra
habitación, una luz del averno encendió el marco dorado.
—Ojalá los juzgue sin
clemencia—los maldijo, y los empujaron hacia la imagen pulsante.
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