Se convencieron de que la
siguiente iba a ser la única alternativa y se descubrieron ante la grotesca
imagen de la reina, duplicada por un espejo gigante en la pared opuesta,
enmarcada de libros. La sentada en el trono les arrojo lo que tuvo al alcance,
como si fueran ratas que se colaron en su habitación, y el impacto de uno de
esos proyectiles astillo el vidrio, facilitándoles la idea con lo que justo
necesitaban. Tomaron los cristales rotos más filosos y grandes que pudieron
levantar y los arrojaron a la cara de la criatura. Con una voz monstruosa, se
mostró imperturbada por sus ataques, pero más horrorizada por su insolencia.
— ¡¿Qué hacen con su
Majestad?! ¡Los tratará con desgracia por este crimen, reúnan a la altísima! —ordenó,
y a su pedido el séquito de guardias armados se presentó en la escena. El trio
de viajeros se dispuso a dar pelea con sus dagas reflectantes, y consiguieron
lanzarlas con precisión contra sus enemigos, pero tanto alboroto cansó a la
suprema líder. Se escuchó un estruendo sobre sus cabezas, y lo último que vieron
fueron libros llover sobre la alfombra. La agonía sentida fue doble al imitarla
el arquetipo con deformaciones por la herida sufrida. Les tiraron la araña
colgante encima, y el peso de las joyas más caras les trituró los huesos.
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