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domingo, 31 de mayo de 2020

PÁGINA 113


El tumulto afuera se escuchó más preocupante y los muchachos descubrieron que entre el repertorio de herramientas a disposición, lo que tenían en manos los podía transportar a otras partes en el mapa. Buscando la combinación exacta de comandos, la tensión aumentó segundo a segundo y fue imperioso salir de ese recoveco si no querían terminar arrinconados a merced de los indeseables. Se asomaron cautelosos a las escaleras y las descendieron como un rayo mientras presionaban botones, perillas y coordenadas. Bajaron un solo nivel, porque para seguir de incógnito tuvieron que pensar alguna alternativa. La ventana de esa ala del palacio daba a unos arbustos que podían amortiguarles la caída, en tanto los guardias los vieron dudar ese microsegundo y los forzaron a correr, artefacto en mano.

Este recién entonces pareció responder a sus indicaciones y emitió luces al tiempo que su temperatura aumentaba. Por una esquina un uniformado solitario los sorprendió. Reacio a dejarlos escapar, disparó sus armas. Coralto recibió el impacto mayor y Alan fue herido en un hombro. Lo último que vieron fue al de dorado pelaje caer al suelo y con un fogonazo lumínico, los idénticos se encontraron gritando por su amigo en pleno desierto caliente por el sol. Algo se movió en la arena hacia su posición, y mientras la esperaron, dedicaron a su amigo un momento. Fue casi imposible resistirse a regresar al castillo por él, y la desertora apareció en el instante justo en que poder pasar el trago amargo estaba costándoles. El nudo en sus gargantas los obligó a cumplir un minuto de silencio antes de continuar.

 

  (En la página 77)

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