El tumulto afuera se
escuchó más preocupante y los muchachos descubrieron que entre el repertorio de
herramientas a disposición, lo que tenían en manos los podía transportar a
otras partes en el mapa. Buscando la combinación exacta de comandos, la tensión
aumentó segundo a segundo y fue imperioso salir de ese recoveco si no querían
terminar arrinconados a merced de los indeseables. Se asomaron cautelosos a las
escaleras y las descendieron como un rayo mientras presionaban botones,
perillas y coordenadas. Bajaron un solo nivel, porque para seguir de incógnito
tuvieron que pensar alguna alternativa. La ventana de esa ala del palacio daba
a unos arbustos que podían amortiguarles la caída, en tanto los guardias los
vieron dudar ese microsegundo y los forzaron a correr, artefacto en mano.
Este recién entonces
pareció responder a sus indicaciones y emitió luces al tiempo que su
temperatura aumentaba. Por una esquina un uniformado solitario los sorprendió.
Reacio a dejarlos escapar, disparó sus armas. Coralto recibió el impacto mayor
y Alan fue herido en un hombro. Lo último que vieron fue al de dorado pelaje
caer al suelo y con un fogonazo lumínico, los idénticos se encontraron gritando
por su amigo en pleno desierto caliente por el sol. Algo se movió en la arena
hacia su posición, y mientras la esperaron, dedicaron a su amigo un momento.
Fue casi imposible resistirse a regresar al castillo por él, y la desertora apareció
en el instante justo en que poder pasar el trago amargo estaba costándoles. El
nudo en sus gargantas los obligó a cumplir un minuto de silencio antes de
continuar.
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