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miércoles, 8 de enero de 2020

PÁGINA 68

 

Una flecha cortó sus crines en el siguiente claro. El eclipse era más oscuro aún que en la apertura del desierto. Las figuras se movían en torno suyo, apuntando sus armas hacia el blanco. Siguió galopando, hasta creer haber evadido los últimos disparos de filos, que le parecían dagas más que flechas. Un nuevo claro se reveló finalmente, orgullosamente dejando admirar un estanque brillante entre las luces de la noche en pleno día. Cobalto no razonó, y ya que no iba a dejar de beber (y bebió hasta saciarse), respirando profundamente se arrojó de lleno a la profundidad de la laguna resguardada. Su cuerpo lloró rubíes calientes, que se empezaron a mezclar con el agua. 

Cuando hundió hasta el último pelo, un giro sobre sí mismo lo arrojó en un ambiente diferente, pacífico, despejado, en donde los árboles solo se dedicaban a crecer solitarios entre la hierba, y rodeando incontables estanques tales como del que había salido completamente seco. Al saberse transportado de un sueño a un limbo entre universos, las posibilidades se le presentaron ante sus ojos como puertas en un corredor. Se contaban de a docenas y la luz verde les permitió comprender la cantidad de porvenires con los que contaba. ¿Qué tanto podría distanciar a un mundo del otro? ¿Qué le devolvería el agua a alguno de sus reflejos, una maligna divinidad; una omnipotencia retorcida?

Coralto extendió su vista hasta lo que le permitieron los árboles, rodeó el estanque del que salió buscando opciones, y…

 

Ø  …se fue hasta el estanque más lejano (en la página 91)

Ø  …se sumergió en la que hervía a borbotones (en la página 79)

Ø  …corrió hasta el agua más clara (en la página 92)

Ø  …eligió el agua arremolinada (en la página 76).

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