Una flecha
cortó sus crines en el siguiente claro. El eclipse era más oscuro aún que en la
apertura del desierto. Las figuras se movían en torno suyo, apuntando sus armas
hacia el blanco. Siguió galopando, hasta creer haber evadido los últimos
disparos de filos, que le parecían dagas más que flechas. Un nuevo claro se
reveló finalmente, orgullosamente dejando admirar un estanque brillante entre
las luces de la noche en pleno día. Cobalto no razonó, y ya que no iba a dejar
de beber (y bebió hasta saciarse), respirando profundamente se arrojó de lleno
a la profundidad de la laguna resguardada. Su cuerpo lloró rubíes calientes,
que se empezaron a mezclar con el agua.
Cuando hundió
hasta el último pelo, un giro sobre sí mismo lo arrojó en un ambiente
diferente, pacífico, despejado, en donde los árboles solo se dedicaban a crecer
solitarios entre la hierba, y rodeando incontables estanques tales como del que
había salido completamente seco. Al saberse transportado de un sueño a un limbo
entre universos, las posibilidades se le presentaron ante sus ojos como puertas
en un corredor. Se contaban de a docenas y la luz verde les permitió comprender
la cantidad de porvenires con los que contaba. ¿Qué tanto podría distanciar a
un mundo del otro? ¿Qué le devolvería el agua a alguno de sus reflejos, una
maligna divinidad; una omnipotencia retorcida?
Coralto
extendió su vista hasta lo que le permitieron los árboles, rodeó el estanque
del que salió buscando opciones, y…
Ø …se
fue hasta el estanque más lejano (en la
página 91)
Ø …se
sumergió en la que hervía a borbotones (en
la página 79)
No hay comentarios:
Publicar un comentario