— ¿Por qué lo decís? ¿Por algo en especial?—Preguntó Andrés, no pudiendo evitar, ahora que podía, meterse en la conversación.
—Es algo que no sé cómo aprendí, pero simplemente lo sé…hay muchas cosas, pensamientos, recuerdos pequeños e incompletos rondando mi cabeza…lecciones, consejos o saberes. Puedo no estar seguro de muchas cosas, pero hay otras que simplemente las sé…—reflexionó el caballo, desviando su mirada de ellos y fijándola en ningún lugar en particular.
Tras lo que pareció un minuto de silencio, el animal de tan impactante presencia movió apenas su cabeza, en una dirección en particular, abriendo sus ojos, y parando sus orejas.
— ¿Escucharon eso?—preguntó, haciendo sobresaltar a sus compañeros, quienes poseían un oído menos refinado. Ellos intentaron agudizar su sentido, pero no lo consiguieron hasta que se hizo más y más fuerte.
— ¿El qué?—respondieron, mientras se ponían de pie, y seguían al lento animal que daba muy pequeños pasos, con la cabeza en una dirección, y la oreja en otra, siguiendo a la última.
—Es un jadeo…un…golpe…no, esperen—dijo, escuchando algo que ellos no—son muchos…suenan a…criaturas como ustedes…si, como…humanos. Por acá, ¡siganme!—los guio el equino, mientras los otros dos hacían esfuerzos por captar algo. Cuando estuvieron corriendo, al cabo de muy poco tiempo, comenzaron a oír.
—Tienes razón…son como muchas personas…y ruidos de fábrica…
—o máquinas…—terminó Andrés—pero ¿en el medio del desierto? ¿No se supone que tendríamos que ver algo? No hay montañas, ni árboles, ni dunas tan grandes como para no ver…
Andrés no pudo terminar de pensar la oración, porque no hubiese tenido lógica si no tenía la intención de mentir. Ante ellos, el desierto terminaba. Como si se tratase de un escalón enorme en la tierra, la arena terminaba en un acantilado, imposible de ver hasta que no caías o te fijabas bien antes de dar otro paso. Como una montaña cubierta de arena, el horizonte simplemente se partía en dos, dejándolos muy altos a ellos, lo suficiente para apreciar todo el paisaje que -no se alzaba, al contrario- se hundía ante ellos.
El desierto, por allá, dos o tres pisos más abajo, seguía con arena por doquier, dunas, dos o tres arbustos aquí y allá, pero lo más vistoso era la presencia de gente, movimientos por doquier. Cientos de personas trabajando, algunos forzosamente en grupo, otros solos, todos vestidos con harapos, encadenados por los pies, los más desafortunados por el cuello. Las cadenas las sostenía un guardia enorme, de quizás cuatro o cinco metros de altura, y un cuerpo de metal sólido, que ardía al calor del sol.
Miles de personas iban en grupos de no más de quince personas, todas lideradas por un ser mecánico que los obligaba a cumplir demandas. Los esclavos estaban llevando cargas en sus espaldas, enormes carretillas con objetos brillantes que el grupo no podía distinguir, otros dentro de fábricas pequeñas, diseminadas por todo el labrantío. Todos liderados por esos androides gastados por la sequedad y la gran cantidad de tiempo acaecido, que imponían su presencia e intimidaban con tan solo una mirada a lo que fuera que tuvieran por ojos.
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