Inicié sesión
porque no iba a aguantar un segundo más solo con mis pensamientos. Fue un viaje
singular, de los más intensos que he tenido en toda mi vida. En ese momento me
pareció el más mágico y alocado de todos, como entrar al Aleph, a la Matrix, o
hacer la más profunda de las introspecciones. Y fue también, desde una cierta
perspectiva, atravesar por el peor de los miedos. No sé qué fue lo que salió
mal, o qué es lo que hice distinto, pero yo no me percataría hasta más tarde.
Estábamos en
casa de un amigo, del Ale, y nos logueamos en seguida, ni bien llegamos. Cuando
inicias la travesía, se tarda unos minutos en cargar el escenario. En ese
momento exacto, antes de cruzar, de entrar en línea, yo me puse a pensar, por esas cosas de la
vida, en el tipo de persona que era. Era una forma de convencerme de que tenía
derecho a esa clase de entretenimientos de vez en cuando; y era un ejercicio de
enumeración de todas las razones por las que no se me debería culpar en el caso
de que me descubriesen. Me iba bastante bien, no podía quejarme, aunque puede
que eso se debiera a mi pulsante optimismo.
Cuando
entramos, el efecto fue, como usted sabrá (o no), rápido y furioso; si me
permite el guiño. En mi organismo, sentí que arrancó despacio, sereno,
pacífico; fue después el problema. Para el efecto colateral del hambre y el
disimulo durante la compra de los papelillos (los créditos que vende la empresa
que te sirven para iniciar sesión con menos tiempo de espera), compramos un
chocolate de la marca esa de nombre idéntico a la obra más conocida e
influyente de Shakespeare en Inglaterra. El juego nos colocó en el banco de una
plaza, rodeados de árboles, en el medio de la noche.
Me atacó un
hambre voraz. En realidad, yo creo que fue la idea de que tenía posesión de un
chocolate en la mochila lo que me generó una frenética urgencia de buscarlo y
devorarlo, pero no tenía hambre. Aun así, no podía empezar a jugar si no lo
comía. Habían quedado cuatro pedazos, por lo que los saqué y, de ellos, me comí
dos mientras charlaba muy sofisticadamente con el Ale sobre nada en particular.
El punto inicial de mi problema, la raíz madre de la catástrofe, fue que se me
cayeran de la mano los dos cuadraditos restantes.
Ahí fue cuando
recién encontré una razón válida para ponerme de pie (con las infinitas
dificultades que eso conllevó, y que no vienen al caso) y comenzar una búsqueda
que duraría horas. Mi personaje imitaba mis movimientos en la plaza, al lado
del de mi amigo, y buscaba algo que tampoco podría encontrar. No habían caído
en mi mochila, ni en la pieza de mi amigo, ni en el pasto, ni en la tierra. No
los tenía él, ni los tenía entre los pliegues de mi ropa, ni nada. Se habían
esfumado, habían desaparecido del mundo real y también del virtual. Si mi
personaje hubiera sido un niño de apenas de un año, su inteligencia práctica me
hubiera esclarecido que eso que no podía ver, no existía. Los chocolates habían
dejado de existir.
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