↓↓↓↓↓↓

domingo, 31 de mayo de 2020

PÁGINA 80


Inicié sesión porque no iba a aguantar un segundo más solo con mis pensamientos. Fue un viaje singular, de los más intensos que he tenido en toda mi vida. En ese momento me pareció el más mágico y alocado de todos, como entrar al Aleph, a la Matrix, o hacer la más profunda de las introspecciones. Y fue también, desde una cierta perspectiva, atravesar por el peor de los miedos. No sé qué fue lo que salió mal, o qué es lo que hice distinto, pero yo no me percataría hasta más tarde.

Estábamos en casa de un amigo, del Ale, y nos logueamos en seguida, ni bien llegamos. Cuando inicias la travesía, se tarda unos minutos en cargar el escenario. En ese momento exacto, antes de cruzar, de entrar en línea,  yo me puse a pensar, por esas cosas de la vida, en el tipo de persona que era. Era una forma de convencerme de que tenía derecho a esa clase de entretenimientos de vez en cuando; y era un ejercicio de enumeración de todas las razones por las que no se me debería culpar en el caso de que me descubriesen. Me iba bastante bien, no podía quejarme, aunque puede que eso se debiera a mi pulsante optimismo.

Cuando entramos, el efecto fue, como usted sabrá (o no), rápido y furioso; si me permite el guiño. En mi organismo, sentí que arrancó despacio, sereno, pacífico; fue después el problema. Para el efecto colateral del hambre y el disimulo durante la compra de los papelillos (los créditos que vende la empresa que te sirven para iniciar sesión con menos tiempo de espera), compramos un chocolate de la marca esa de nombre idéntico a la obra más conocida e influyente de Shakespeare en Inglaterra. El juego nos colocó en el banco de una plaza, rodeados de árboles, en el medio de la noche.

Me atacó un hambre voraz. En realidad, yo creo que fue la idea de que tenía posesión de un chocolate en la mochila lo que me generó una frenética urgencia de buscarlo y devorarlo, pero no tenía hambre. Aun así, no podía empezar a jugar si no lo comía. Habían quedado cuatro pedazos, por lo que los saqué y, de ellos, me comí dos mientras charlaba muy sofisticadamente con el Ale sobre nada en particular. El punto inicial de mi problema, la raíz madre de la catástrofe, fue que se me cayeran de la mano los dos cuadraditos restantes.

Ahí fue cuando recién encontré una razón válida para ponerme de pie (con las infinitas dificultades que eso conllevó, y que no vienen al caso) y comenzar una búsqueda que duraría horas. Mi personaje imitaba mis movimientos en la plaza, al lado del de mi amigo, y buscaba algo que tampoco podría encontrar. No habían caído en mi mochila, ni en la pieza de mi amigo, ni en el pasto, ni en la tierra. No los tenía él, ni los tenía entre los pliegues de mi ropa, ni nada. Se habían esfumado, habían desaparecido del mundo real y también del virtual. Si mi personaje hubiera sido un niño de apenas de un año, su inteligencia práctica me hubiera esclarecido que eso que no podía ver, no existía. Los chocolates habían dejado de existir.

 

(Sigue en la página 75)


No hay comentarios:

Publicar un comentario