Uno de los pasillos del
recóndito lugar los guío hacia lo más profundo del entramado de travesías, en
dirección a los aposentos reales. Las suntuosidades y ornamentos brillaron con
un aura verdiazul, que a Andrés le pareció radioactiva, y Alan la vio
embrujada. El lujo emanaba un estupor, una vibración casi sonora que
hipnotizaba como una aromática en una noche de superluna. Por una entrada, el
brillo de una luz rojiza le llamó la atención, y de pronto se encontró
atravesando el umbral solo y con cautela. En ese ambiente secreto la penumbra
era cuidada, y el resplandor carmesí, si bien visible, era leve. La tensión se sentía
con vibraciones de Afrodita, de Eros, de Venus. Avanzó despacio hacia una
antesala con muebles antiguos, y escuchó detrás de alguna pared el
inconfundible sonido de piezas mecánicas en funcionamiento.
La anacronía/incongruencia
no lo asombró, la recámara era una clara fachada que cubría un lugar con
tecnología de punta; pero no había otra puerta a simple vista, tendría que
investigar. Con sus oídos como guías, rápida y ágil mente inspeccionó todo el
cuarto y lo descolocó el hallar (no sin esfuerzo) no una sino tres
posibilidades de descubrir algunos de los secretos reales. Debajo de una
alfombra, estratégicamente escondida, había una trampilla en el suelo que le
sería fácil abrir. Un tapiz en la pared disimulaba una incómoda entrada hacia
otro cuarto dominado por la oscuridad; y halló que un espejo de cuerpo entero
cedía a la presión por su superficie refractaria. No obstante, el escalofrío de
su imagen distorsionándose al tacto, lo hizo dudar de sí sería aquella la mejor
de las tres alternativas. Orgulloso de sus descubrimientos, Alan vaciló entre
sus caminos a escoger. También podría volver por donde vino y no desentrañar
ningún misterio. Finalmente...
Ø bajó
hacia lo profundo (en la página 27)
Ø se
inmiscuyó detrás del tapiz (en la página 38)
Ø atravesó
su reflejo distorsionado (en las páginas 122 o 54 o 103)
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