Estoy dentro
de él…y al mismo tiempo, no puedo entrar en él. Su existencia es paradójica,
puesto que puede mostrar un mundo familiar pero completamente opuesto: a él
está asociado una suerte de ilusión, de fantasma y de irrealidad, al tiempo que
su objetividad es puesta a un servicio utilitario cotidiano y carente de
singularidad, quizá perfecto e impoluto.
Tan periódico
es su empleo, que probablemente hayamos olvidado, por la distancia, lo que
sentimos esa primera vez, en ese encuentro fortuito con la superficie clara de
un cuerpo de agua, y posteriormente los ancestros de colores. La humanidad
obsesionada consigo misma, mira su ombligo y se hipnotiza, se graba y se vuelve
a mirar. ¿Qué miraríamos si no tuviéramos esa superficie en la que jugar a
Narciso? ¿Qué sería de nosotros si no tuviéramos donde obsesionarnos con
nuestras imperfecciones e inseguridades, con nuestros atributos e imágenes más
añoradas?
Si volviéramos
a mirarnos a los ojos los unos a los otros, encontraríamos en esos colores y en
esas pupilas…el espejo que más nos ayudaría a amarnos y embelesar lo que no nos
permite hacerlo. Estoy dentro de él…pero al mismo tiempo, ¿puedo no entrar en
él?
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