Coralto y yo
nos aventuramos hacía los controles, timón en mano, sin tener mucha idea de lo
que íbamos a hacer, pero con la certeza de que había que hacer algo rápido.
Varias señales de alerta parpadeaban su luz roja en nuestras caras, como si no
estuviéramos lo suficientemente alterados. La computadora de a bordo hizo un
recuento del combustible, las probabilidades de nuestra supervivencia, y los
estragos ocurriendo por doquier, y nos presentó una serie de alternativas. Uno
de los planes de emergencia consistía en realizar un aterrizaje forzoso en el
sistema de las criaturas civilizadas más cercanas. Un escaneo rápido de nuestra
posición ofreció la posibilidad de visitar las estrellas siamesas en la
nebulosa de la Tarántula.
Activamos el
propulsor. Fuimos todos empujados por una fuerza imparable hacia atrás, y luego
de un forcejeo inconmensurable nos pudimos poner de pie y reemprender la toma
de posición. El tiempo en ese viaje interastral nos fue ajeno, los segundos no
corrían, la velocidad nos oprimía y tan rápido como hubo comenzado, se terminó.
Las criaturas alienígenas en la cabina habían atestiguado nuestros movimientos,
y cuando el híper-salto hubo finalizado, se acercaron a la pantalla para ver
qué habíamos hecho. Y con lo que dijeron al unísono en nuestro idioma
entendimos que aquello no iba a ser un aterrizaje forzoso.
— ¡Pusiste a la nave en órbita de VFTS 352! ¡Nos matará mucho antes de convertirse en un agujero negro! ¡Las hermanas de contacto arden con la masividad de 57 de tus soles!
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