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domingo, 31 de mayo de 2020

PÁGINA 115

 

Después de ese catastrófico episodio, los muchachos regresaron con los otros rebeldes y al no haber evitado ninguno de los desastres que debían erradicar, comenzaron a complotar un plan para apoderarse de la Ciudad Gris, aunque lo creían casi imposible con la presencia del séquito real dominando las calles. Lo que sí parecía factible era lograr sacar de la hipnosis a las personas, siquiera por un momento, para demostrarles que no  dominarían a la humanidad por siempre, y tras un descanso merecido, se armaron para lo que podía llegar a ocurrir.

Alan, Andrés, Coralto y el grupo de rebeldes se dirigieron al Centro por los túneles sin vigilancia, e intentaron desmantelar la melodía de la manipulación, pero pronto descubrieron que sus herramientas podrían tan solo enviar órdenes contrarias en una frecuencia similar. La Torre de Transmisión se empleó amplificando su poder, encriptando su procedencia, y aunque su efectividad no alcanzó a contrarrestar la de la corona, se supo que esa noche un número importante de transeúntes, mujeres y niños desarmaron filas. No obedecieron a los Recolectores ni a los Centinelas, y la insurrección sumó adeptos no solo entre los Ciudadanos Grises sino entre la Tribu del desierto y los esclavos de la Infinitud.

 Los despiertos hablaron al mismo tiempo en contra de los opresores. Ellos terminaron percatándose de lo que podía estar causando ese comportamiento, y descifrados los encubrimientos, fueron hasta la Torre, donde no encontraron a nadie. Igualmente, la destruyeron hasta los cimientos. Cuando sonó de nuevo la música en el ceniciento emporio,  ya no surtió el mismo efecto, y muchos se rindieron ante el ritmo somnífero, que les imposibilitó atarear.

— ¿Cómo puede terminar ahí la historia si los humanos quedaron en control de los dueños del planeta? Pensé que este era tu sueño, Alan—escuchó. Los recuerdos de esos instantes quedaron retorcidos. Una escena famosa se le vino a la mente. En un mundo que no era lo que parecía, la estatua de la libertad, gigantesca, yacía enterrada hasta el pecho en la arena. Eternamente prisionera, permaneció apacible, contemplando la urbanización gris devenirse a Capital.


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