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sábado, 30 de mayo de 2020

PÁGINA 67

(Viene de la PÁGINA 66)                                                                 


Andrés avanzó sostenido de su doble, apenas separado de ese clon bañado por lluvia y besado por filtraciones a través de la tierra. El mundo subterráneo se le empezó a iluminar frente a los ojos cuando creyó que sus pasos habían despertado algún animal. En el húmedo pasadizo, confundió brillos del mirar con estrellas en la oscuridad. El otrora cautivo dentro del espejo ya no podía contar con su visión. La espesa penumbra debía estar jugando trucos en su mente para creer estar incluso recibiendo el calor de los astros en su paso bajo los árboles y entre piedras, huesos y formas de vida de tamaños inciertos. Se les antepuso una aparición que Alan debía no percibir, pero que sin duda era una ventana en un marco dorado, un portal a un cúmulo de estrellas. Un firmamento enmarcado con ornamentos áureos.

Andrés en vano intentaba comunicarse con Alan por medio de su conexión mental, el reflejado era inmune a la atracción gravitacional, a la seducción celestial del paisaje en noche infinita. La lógica adivinaba esa velada como inhóspita, distante, pero hermosa así la eternidad les durase un sofoco. Y con otra escena en su mirar, lo atrajo lo que asemejaba solo una raíz enorme y fue absorbido en la fosforescencia verdiazulada de una columna-hongo.

(Sigue en la 31)



Alan confió en sus pasos hacia la boca del lobo, envalentonado por transitar la desventura con su reflejo a su lado. El diluvio se inmiscuía entre los respiradores del túnel, pero ese llanto entre-terrenal pronto comenzó a reproducir una luz, y no cualquiera: una bioluminiscencia. El paseo en los entramados de lo invisible del bosque paulatinamente se convirtió en un desfile de los hongos fluorescentes, resplandeciendo entre el azabache del fondo desconocido, el verdiazul eléctrico del reino fungi que por lo visto solo é y no su contraparte era capaz de apreciar. La belleza de esa maravilla natural era inmune a Andrés, quien parecía absorto en una visión diferente. El brillo de esas formas de vida le hizo hurgar en su mente y sus recuerdos. El deambular por el desierto, el haberse mudado a un nuevo hogar, el encuentro con su reflejo; las apariciones en el bosque, la hiriente sequedad árida y el omnipresente tacto de la lluvia…

Todo danzaba en su interior desconectándose entre sí. Pronto olvidó qué hacía en ese corredor acompañado de un gemelo recién conocido y un espectáculo lumínico que no podía compartir con quién tenía a escasos centímetros de distancia. Y con otra escena en su mirar, tropezó en lo que parecía solo tierra del túnel y cayó a la noche infinita.

(Sigue en la 78 y después en la 20)

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