(Viene de la PÁGINA 66)
Andrés avanzó sostenido de
su doble, apenas separado de ese clon bañado por lluvia y besado por
filtraciones a través de la tierra. El mundo subterráneo se le empezó a
iluminar frente a los ojos cuando creyó que sus pasos habían despertado algún
animal. En el húmedo pasadizo, confundió brillos del mirar con estrellas en la
oscuridad. El otrora cautivo dentro del espejo ya no podía contar con su
visión. La espesa penumbra debía estar jugando trucos en su mente para creer
estar incluso recibiendo el calor de los astros en su paso bajo los árboles y
entre piedras, huesos y formas de vida de tamaños inciertos. Se les antepuso
una aparición que Alan debía no percibir, pero que sin duda era una ventana en
un marco dorado, un portal a un cúmulo de estrellas. Un firmamento enmarcado
con ornamentos áureos.
Andrés en vano intentaba comunicarse con Alan por medio de su conexión mental, el reflejado era inmune a la atracción gravitacional, a la seducción celestial del paisaje en noche infinita. La lógica adivinaba esa velada como inhóspita, distante, pero hermosa así la eternidad les durase un sofoco. Y con otra escena en su mirar, lo atrajo lo que asemejaba solo una raíz enorme y fue absorbido en la fosforescencia verdiazulada de una columna-hongo.
Alan confió en
sus pasos hacia la boca del lobo, envalentonado por transitar la desventura con
su reflejo a su lado. El diluvio se inmiscuía entre los respiradores del túnel,
pero ese llanto entre-terrenal pronto comenzó a reproducir una luz, y no
cualquiera: una bioluminiscencia. El paseo en los entramados de lo invisible
del bosque paulatinamente se convirtió en un desfile de los hongos
fluorescentes, resplandeciendo entre el azabache del fondo desconocido, el
verdiazul eléctrico del reino fungi que por lo visto solo é y no su contraparte
era capaz de apreciar. La belleza de esa maravilla natural era inmune a Andrés,
quien parecía absorto en una visión diferente. El brillo de esas formas de vida
le hizo hurgar en su mente y sus recuerdos. El deambular por el desierto, el
haberse mudado a un nuevo hogar, el encuentro con su reflejo; las apariciones
en el bosque, la hiriente sequedad árida y el omnipresente tacto de la lluvia…
Todo danzaba en su interior desconectándose entre sí. Pronto olvidó qué hacía en ese corredor acompañado de un gemelo recién conocido y un espectáculo lumínico que no podía compartir con quién tenía a escasos centímetros de distancia. Y con otra escena en su mirar, tropezó en lo que parecía solo tierra del túnel y cayó a la noche infinita.
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