(Viene de la página 5)
Alan se acercó a él, lo
contempló y puso sus manos encima, deteniendo su danza. Revisó cada rincón de
su casa, y no encontró a nadie ni a nada que pudiese haber causado tal
movimiento. Cuando regresó, el espejo se estaba moviendo otra vez, tal como
antes, y otra ráfaga de viento helado cruzó la habitación. Pero ésta vez, lo
golpeó de lleno. Fue cuando descubrió que había dejado una ventana abierta, y
que el viento había movido el espejo, como él razonaba.
Las casualidades no
existen. Él no le dio la suficiente importancia, y hasta lo terminó por
olvidar. Lo que si siguió ocurriendo, es que aunque fuera en ese lugar en donde
estaba la calefacción, era la habitación más fría, y nunca lo comprendió,
porque era solo un poco más espaciosa.
Como fuere, Alan se vio
obligado a cumplir con la promesa que les había hecho a sus padres, y los
invitó a comer. Temprano, compró todo lo necesario, y antes de que ellos
llegaran, mientras brillaban los últimos rayos de sol, se terminó por
convencer: “Ojos que no ven, corazón que no siente" se dijo. Debería
aprender que uno no puede estar seguro de que si los ojos no ven, los oídos no
escuchen, o las bocas no divulguen, o el corazón no termine por sentirlo.
Entrada la luna, ya brillando un par de estrellas
más, el timbre sonó, pero él no escuchó ningún vehículo afuera.
—Soy yo, Alan,
Maxi—contestó un muchacho detrás de la puerta. Él lo recordó como su compañero,
el que estaba sentado a su lado desde el primer día, y se solían hablar durante
clases o cambios de horas. Era raro que supiese donde él vivía.
— ¿Cómo supiste que yo...?—le
preguntó al abrirle la puerta.
—Eh, bueno, se lo saqué a
tu amigos... ¿estás sólo? ¿puedo pasar?—le contestó, más informándole que
pidiéndole permiso, puesto que adelantó un pie calzado de negro en la puerta, y
se mostraba demasiado desabrigado para una noche de Junio.
Sus encantos fueron demasiados como para denegar la
invitación. Alan le ofreció asiento, pero le dijo que tendría que ser rápido ya
que esperaba visitas, siempre sin especificar que se trataba de sus padres.
—No va a ser mucho
tiempo...— mintió, mientras sentado en la mesa fingía acomodar sus libros y
cuadernos. — Decime, Alan, ¿es cierto que te mudaste hace poco?
— ¿Qué es eso que me
querías preguntar?
— Ese es un cuadro muy
lindo, ¿dónde lo compraste? Las cortinas son exquisitas y...—fingiendo sorpresa
repentina al "verlo", puesto que ya le había echado más de una
mirada, comentó—Ese es un espejo…precioso. Grande, rústico, yo diría elegante.
¿Ese también fue un regalo?
—Una herencia.
—Bisabuelo materno, ¿me
dijiste? ¿Cómo se llamaba? ¿Era un fabricante acaso?
Lo sentenció levantándose
de su asiento e invitándolo a seguirlo a la puerta—ahora no es el momento...
Seguía mirándolo a él, y
al espejo, y luego a él, y de nuevo a ese objeto que tanto llamaba su atención.
—Toda una reliquia, ¿eh? Bueno,
Alan, gracias igual...
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