Busqué mi
reflejo en las superficies vítreas a mí disposición, y los desafíos parecían no
cesar a medida que los definía con elocuencia titular: la prueba económica fue
la siguiente victimaria. Fallé en dos cajeros por falta de fondos, ya para
entonces deambulando por el centro de la urbanidad. Pasé por delante de la
remisería pero me atacó el deseo de comprar más comida, no contento con lo que
había perdido y lo que había intentado reemplazar por más tesoros comestibles.
La última fue
la prueba amorosa. La que quería que fuera mi suegra encontraría a la mañana
siguiente algo que yo negaría haber dispuesto, pero que había necesitado poner
a pesar de mí posterior arrepentimiento. Mis herramientas conocidas ya por
inspección me permitieron esconder en una hendija de la puerta, un pergamino
decorado con mis coordenadas comunicativas numéricas. Hecho el cobarde intento
de conquista romántica (que obviamente había resultado en ilusiones hacía ella,
y no de parte de su idealizado y agraciado heredero), fui vencido por el pecado
recurrente de la gula. Los sánguches de miga y los carbohidratos saborizados no
podían dejarme en paz, mientras yo pasaba en frente por millonésima vez de otra
compañía de viajes personalizados.
Las
necesidades y placeres del jugar me obligaron a regar áureas lluvias en plena
convergencia de círculos concéntricos. El otro cajero automático se burló de
mí, primero dejándome disconforme y luego hablándome con una voz estruendosa de
mierda que me sobresaltó a la luz de las cámaras de seguridad. Mis movimientos
se agotaban, mis energías me abandonaban ya a esta altura del tiempo incierto,
pero me llegué hasta la esquina. Pasé una última vez frente al dispensario de
calorías, pedí transporte, y me dejé llevar
a mis aposentos, sintiendo fracasos que no tardé en re-significar cuando
el hombre empezó a hablar por teléfono. Mí travesía extendida de elecciones
cuestionables y experiencias multisensoriales, no quería acabar ni siquiera a
calles sobrantes. Pero el universo me había guardado la más extraña y dulce de
las recompensas al llegar a mi checkpoint: inconmensurable es imaginar mí
sorpresa y júbilo al encontrar el bendito pedazo de chocolate oculto conmigo
dónde lo había buscado hasta el cansancio. Recién entonces, finalmente, con
cacao añorado derritiéndose en mis papilas me pude disponer a dormir, pero
difícil se me haría olvidar las pruebas y las ironías de mí viaje, que había
iniciado al ponerme de pie hurgando por mí último tesoro, y me había hecho
sufrir temores varios por reemplazar lo que nunca había abandonado mí
inventario.
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