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sábado, 30 de mayo de 2020

PÁGINA 54


Busqué mi reflejo en las superficies vítreas a mí disposición, y los desafíos parecían no cesar a medida que los definía con elocuencia titular: la prueba económica fue la siguiente victimaria. Fallé en dos cajeros por falta de fondos, ya para entonces deambulando por el centro de la urbanidad. Pasé por delante de la remisería pero me atacó el deseo de comprar más comida, no contento con lo que había perdido y lo que había intentado reemplazar por más tesoros comestibles.

La última fue la prueba amorosa. La que quería que fuera mi suegra encontraría a la mañana siguiente algo que yo negaría haber dispuesto, pero que había necesitado poner a pesar de mí posterior arrepentimiento. Mis herramientas conocidas ya por inspección me permitieron esconder en una hendija de la puerta, un pergamino decorado con mis coordenadas comunicativas numéricas. Hecho el cobarde intento de conquista romántica (que obviamente había resultado en ilusiones hacía ella, y no de parte de su idealizado y agraciado heredero), fui vencido por el pecado recurrente de la gula. Los sánguches de miga y los carbohidratos saborizados no podían dejarme en paz, mientras yo pasaba en frente por millonésima vez de otra compañía de viajes personalizados.

Las necesidades y placeres del jugar me obligaron a regar áureas lluvias en plena convergencia de círculos concéntricos. El otro cajero automático se burló de mí, primero dejándome disconforme y luego hablándome con una voz estruendosa de mierda que me sobresaltó a la luz de las cámaras de seguridad. Mis movimientos se agotaban, mis energías me abandonaban ya a esta altura del tiempo incierto, pero me llegué hasta la esquina. Pasé una última vez frente al dispensario de calorías, pedí transporte, y me dejé llevar  a mis aposentos, sintiendo fracasos que no tardé en re-significar cuando el hombre empezó a hablar por teléfono. Mí travesía extendida de elecciones cuestionables y experiencias multisensoriales, no quería acabar ni siquiera a calles sobrantes. Pero el universo me había guardado la más extraña y dulce de las recompensas al llegar a mi checkpoint: inconmensurable es imaginar mí sorpresa y júbilo al encontrar el bendito pedazo de chocolate oculto conmigo dónde lo había buscado hasta el cansancio. Recién entonces, finalmente, con cacao añorado derritiéndose en mis papilas me pude disponer a dormir, pero difícil se me haría olvidar las pruebas y las ironías de mí viaje, que había iniciado al ponerme de pie hurgando por mí último tesoro, y me había hecho sufrir temores varios por reemplazar lo que nunca había abandonado mí inventario.


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