Coralto y yo
nos acercamos al sistema de navegación y evaluamos las opciones que teníamos,
el daño hecho y el que se podría evitar. Un protocolo de emergencia nos propuso
en una pantalla una alternativa que nunca hubiéramos considerado posible,
quizás un recurso desesperado que nos prohibieron saber que existía, y que de
otra manera no hubiéramos conocido. La operatividad de la nave-almacén
alcanzaba para hacer un híper-salto de regreso al punto de partida. Con las
miradas supimos que si era viable, no había mucho tiempo para perder en dudas.
El destino era más cierto y más entrañable que cualquier otra Tierra
alternativa. Las criaturas alienígenas en la cabina justo empezaban a hacer su
retirada ineludible cuando juntos establecimos la dirección y activamos el
propulsor. Fuimos todos empujados por una fuerza imparable hacia atrás, y luego
de un forcejeo inconmensurable nos pudimos poner de pie y re-emprender la toma
de posición. El tiempo en ese viaje inter-astral nos fue ajeno, los segundos no
corrían, la velocidad nos oprimía la audición, el equilibrio, la esperanza de
no colisionar.
Al cabo de
quién sabe cuántas milésimas de segundo, la nave comenzó su proceso de frenado
y el híper-propulsor se detuvo, dejándonos en frente la imagen de la madre
naturaleza después del apocalipsis. El holocausto había dejado el infierno en
la superficie, pero por más que lo intentamos no pudimos desacelerar mucho más.
El aterrizaje fue desastroso. Entrar en detalles solo me haría recordar el
horror y el impacto terrible contra una duna ardiente, que casi no deja
sobrevivientes. Herido, o ya vencido, me levanté no sé cómo. Me hice paso entre
el ígneo metal, tosiendo humo negro como la muerte. Comencé a caminar hacia el
desierto.
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