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domingo, 31 de mayo de 2020

PÁGINA 122

 

Después de su intromisión y sus acciones contra la corona, el ejército real les dio caza entre los intersticios del otrora vivo palacio, y en un desesperado intento por perderlos, se metieron en una habitación digna de carnaval o espectáculo de fenómenos. Cuando los daguerrotipos les devolvieron las miradas de pánico, ya se habían metido entre los laberínticos pasillos de la sala y sus imágenes representándolos en la búsqueda de una salida, se deformaron, estiraron y retorcieron en su multiplicidad infinita. — ¡Mirá dónde nos venimos a meter, ¿cómo vamos a salir ahora de acá?!

—Tiene que haber una salida de emergencia, o uno que podamos cruzar, no paren y tanteen las superficies mientras siguen—razonó Coralto.

Se aventuraron a probar la solidez de las ilusiones ópticas, mientras estas les devolvieron figuras grotescas, delgadas y frágiles como un papel, altas como una criatura el doble de su tamaño. El corcel en disfraz de humano vio a Alan y a Andrés como cuatro figuras distintas, que pronto le aventajaron unos metros. En una esquina perpendicular que le pareció en equis, vio que los cuatro reflejos se complementaban, y al detenerse por la impresión, un solitario guardia logró capturar a su amigo y sin respirar, el empleado real ordenó:

Porque la justicia lo dicta, vuélvete prisión;

difumina tus barrotes, sin chance a liberación.

Y lo encerró en uno de los espejos. El otro libre lo invitó a seguirlo, ¿pero en qué dirección había virado?

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