Después de su intromisión
y sus acciones contra la corona, el ejército real les dio caza entre los
intersticios del otrora vivo palacio, y en un desesperado intento por
perderlos, se metieron en una habitación digna de carnaval o espectáculo de
fenómenos. Cuando los daguerrotipos les devolvieron las miradas de pánico, ya
se habían metido entre los laberínticos pasillos de la sala y sus imágenes
representándolos en la búsqueda de una salida, se deformaron, estiraron y
retorcieron en su multiplicidad infinita. — ¡Mirá dónde nos venimos a meter,
¿cómo vamos a salir ahora de acá?!
—Tiene que haber una
salida de emergencia, o uno que podamos cruzar, no paren y tanteen las
superficies mientras siguen—razonó Coralto.
Se aventuraron a probar la
solidez de las ilusiones ópticas, mientras estas les devolvieron figuras
grotescas, delgadas y frágiles como un papel, altas como una criatura el doble
de su tamaño. El corcel en disfraz de humano vio a Alan y a Andrés como cuatro
figuras distintas, que pronto le aventajaron unos metros. En una esquina
perpendicular que le pareció en equis, vio que los cuatro reflejos se
complementaban, y al detenerse por la impresión, un solitario guardia logró
capturar a su amigo y sin respirar, el empleado real ordenó:
Porque la justicia lo dicta, vuélvete prisión;
difumina tus barrotes, sin chance a
liberación.
Y lo encerró en uno de los espejos. El otro libre lo invitó a seguirlo, ¿pero en qué dirección había virado?
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