Encerrado en un ataúd
vertical de espejos, grande fue su sorpresa cuando intentó exitosamente
atravesar el vidrio cual cortina de agua. No halló nada distinto del otro lado,
salvo más reflejos devolviéndole la mirada, y volvió a cruzar de plano. La
indiferencia de su situación lo movió a desplazarse cada vez más rápido entre
las imágenes, buscando una alternativa. De tanto que comenzó a correr, parecía
que avanzaba en un pasillo junto a infinitos otros de sí mismo, que cruzaban
interminables otros portales. Ninguno se rompía al dejarlo pasar, y él solo
ganó más y más velocidad, acumulando mundos paralelos recorridos, realidades
visitadas solo fugazmente.
Se encontró con sus ojos,
con los marcos repetidos y con casi imperceptibles disidencias entre un
universo y el otro.
Recorrió tantos portales
como pudo, pero seguía en otros castillos, en otras salas, en el mismo corredor
y con las mismas simetrías. Hasta que finalmente empezó a escuchar a las
imágenes reflexionar, cantar, inspirarse y señalarle alternativas ulteriores.
Entre ellas, lo más parecido a un desenlace favorable sería el desenfreno hacia
pecados vanidosos, lujuriosos, cuando no desencadenaran tragedias, cacoutopías,
o puntos muertos (callejones sin salida).
Ø Transicional
es la página 20
Ø La otredad aniquila en la 31
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