Desesperados por un
refugio de la lluvia torrencial, los muchachos optaron por abrirse paso hacia
el entramado de raíces que dejaba ver la entrada a una madriguera. De cerca, el
agujero pareció mucho más amplio (si es que ellos mismos no habían sido reducidos
al tamaño de un roedor) y ante la duda de quién pasaría primero, los dos se
aferraron de la mano y se lanzaron juntos hacia la cueva subterránea.
Los asechos de
escalofriantes murmullos dejaron de oírse en ese refugio, y solo la lluvia
replicó e insistió en hacerse sentir. La madriguera continuó en un largo tramo
oscuro, como un pasillo o un corredor sin otra alternativa que la misteriosa
continuidad. El avance de la pareja fue lento, curioso. Por primera vez en ese
mundo los invadió la sensación de intimidad: tal era la soledad de ese terreno
bajoterra, techado con entramados de raíces y poblado solo con insectos. Se les
ocurrió una infinidad de criaturas que podían habitar esas catacumbas, entre
ellas serpientes y arañas, que serían las más conocidas/inofensivas.
Existía, para su pesar, la posibilidad de encontrarse cara a cara con algo completamente nuevo, inconmensurablemente más peligroso. Y entre esas reflexiones, temores paranoicos y delirios de la imaginación, en su camino se les presentó una bifurcación en el plano conocido, obligándolos a continuar con precaución a cada siguiente segundo, como en una lectura cortazariana.
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