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miércoles, 8 de enero de 2020

PÁGINA 66

                                                       

Desesperados por un refugio de la lluvia torrencial, los muchachos optaron por abrirse paso hacia el entramado de raíces que dejaba ver la entrada a una madriguera. De cerca, el agujero pareció mucho más amplio (si es que ellos mismos no habían sido reducidos al tamaño de un roedor) y ante la duda de quién pasaría primero, los dos se aferraron de la mano y se lanzaron juntos hacia la cueva subterránea.        

Los asechos de escalofriantes murmullos dejaron de oírse en ese refugio, y solo la lluvia replicó e insistió en hacerse sentir. La madriguera continuó en un largo tramo oscuro, como un pasillo o un corredor sin otra alternativa que la misteriosa continuidad. El avance de la pareja fue lento, curioso. Por primera vez en ese mundo los invadió la sensación de intimidad: tal era la soledad de ese terreno bajoterra, techado con entramados de raíces y poblado solo con insectos. Se les ocurrió una infinidad de criaturas que podían habitar esas catacumbas, entre ellas serpientes y arañas, que serían las más conocidas/inofensivas.

Existía, para su pesar, la posibilidad de encontrarse cara a cara con algo completamente nuevo, inconmensurablemente más peligroso. Y entre esas reflexiones, temores paranoicos y delirios de la imaginación, en su camino se les presentó una bifurcación en el plano conocido, obligándolos a continuar con precaución a cada siguiente segundo, como en una lectura cortazariana.


(Sigue en la página siguiente)

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