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domingo, 31 de mayo de 2020

PÁGINA 119


Uno de los cómputos que emplearon mostró un contador hacia atrás, dispuesto a desencadenar un mecanismo incendiario, de sobrecarga o autodestrucción. Resultaban casi elusivos los dígitos programables, por poco eludían su descifrado. Alan comprendió que lo que tenían en manos podría emplearse contra el séquito, y su revolución en los interines del palacio los apuró a actuar. Volvieron sobre sus pasos, ágiles y sigilosos, hacia el foco del tumulto, y cuando creyeron haber dejado listo el dispositivo para su ignición, el más cercano encontró el lugar de donde habían sacado el aparato, infestado de guardias [-menos segundos]. Uno había descubierto una pantalla y estaba preocupado por la fuente de poder de un portal en específico, en el desierto, en territorios de la Tribu, que transportaba o proyectaba hacia adelante. ¿No habían cruzado esas puertas de hielo para terminar saltando siglos hacia la Ciudad Gris? ¿Que había entonces más allá de las dunas ardientes si uno no cruzaba ese arco temporal? El mapa holográfico mostró ruinas en esa parte de la geografía. ¿Podrían sus movimientos estar alterando más de lo que pensaban? El contador en sus manos se quedaba sin más instantes, sus compañeros lo aguardaban ansiosos, puesto que la sensación terminal era que en cualquier momento pasaría algo, y los encontrarían o estallaría el artefacto en su poder, o ambas.

Junto a las suntuosidades de la altísima, los enemigos no se percataron sino hasta en el último momento, y Alan se decidió, esperó hasta que el reloj dejara escaso margen, y se apareció en la entrada para arrojarles el explosivo.


En una de las tangentes paralelas, el dispositivo impactó contra la máquina de donde lo robaron, y bombardeó la escena. La onda expansiva empujó a Alan contra la pared, su cabeza golpeó fuerte en un mal ángulo, y el dolor lo despertó.

  (En la página 103)

 

En uno de los hilos de posibilidades, el artefacto fue apagado justo a tiempo por el que lo capturó en el aire, y al verlos, los guardias atacaron primero a Andrés y a Coralto, tomando a Alan como prisionero. Unas combinaciones de palabras específicas despertaron su cárcel, y en confinamiento solitario lo abandonaron a su suerte.

(En la página 120)

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