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domingo, 31 de mayo de 2020

PÁGINA 101


Confiados, se dejaron ver y la conversación fue dominada por Coralto, quien solicitó con decoro una audiencia privada, pidiendo disculpas por la intromisión. La reina no acudió inmediatamente a llamar a sus guardias, sino que se vio interesada en su interlocutor. Con voz potente y oscura, lo reconoció en disfraz y lo despojó de su ilusión estética con un pareado inaudible, volviéndolo corcel con un cuerno otra vez. Desnudo, lleno de mística, el de áureas crines intentó interpelar el rasgo moribundo, vulnerable de la altísima, enfatizando en su labor eterna y el evidente cansancio que sentiría. De manera envidiable, empleó sus mejores galas en pedirle que desista con la esclavitud, y en su rostro inapreciable afloró un tono más sentido, ya desfallecido en fatiga.

—Incluso si ordenara lo que me pedís, criatura, son mis seguidores bien pagos los que no van a cambiar de opinión, ni desistir. Eviten que ellos hagan otra locura, no saben de lo que son capaces. Su Majestad decidirá su mejor destino—sentenció, y un ápice más humana, exhaló su último suspiro cuando Coralto hizo una reverencia para besar su mano. Ante el séquito de guardias que apareció en ese instante, el del único cuerno se sobresaltó y atravesó a la Reina en el abdomen. 

Reconocido superior y alimentándose de la luz que escapó de la sentada en el trono, el espejo gigante frente a ella pulsó de energía, y les abrió paso. Coralto galopó y los idénticos lo siguieron ante la acusación de matricidio. La enmarcación dorada atestiguó al trío y a la soberana desvanecerse al mismo tiempo de maneras muy diferentes.

 

(Sigue en la página 122)

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