Confiados, se dejaron ver
y la conversación fue dominada por Coralto, quien solicitó con decoro una
audiencia privada, pidiendo disculpas por la intromisión. La reina no acudió
inmediatamente a llamar a sus guardias, sino que se vio interesada en su
interlocutor. Con voz potente y oscura, lo reconoció en disfraz y lo despojó de
su ilusión estética con un pareado inaudible, volviéndolo corcel con un cuerno
otra vez. Desnudo, lleno de mística, el de áureas crines intentó interpelar el
rasgo moribundo, vulnerable de la altísima, enfatizando en su labor eterna y el
evidente cansancio que sentiría. De manera envidiable, empleó sus mejores galas
en pedirle que desista con la esclavitud, y en su rostro inapreciable afloró un
tono más sentido, ya desfallecido en fatiga.
—Incluso si ordenara lo
que me pedís, criatura, son mis seguidores bien pagos los que no van a cambiar
de opinión, ni desistir. Eviten que ellos hagan otra locura, no saben de lo que
son capaces. Su Majestad decidirá su mejor destino—sentenció, y un ápice más
humana, exhaló su último suspiro cuando Coralto hizo una reverencia para besar
su mano. Ante el séquito de guardias que apareció en ese instante, el del único
cuerno se sobresaltó y atravesó a la Reina en el abdomen.
Reconocido superior y
alimentándose de la luz que escapó de la sentada en el trono, el espejo gigante
frente a ella pulsó de energía, y les abrió paso. Coralto galopó y los
idénticos lo siguieron ante la acusación de matricidio. La enmarcación dorada
atestiguó al trío y a la soberana desvanecerse al mismo tiempo de maneras muy
diferentes.
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