Alan pensó en
el patio, en el sótano bajo la cocina, y en el estudio que estaba pasando la
sala de estar. Sabía que seguramente no volverían a estar ahí solos y con tanta
tranquilidad. Entonces, avanzó unos pasos y entró a la muy iluminada de los
azulejos, bastante desastrosa, sin embargo ofreciendo la sensación de que
alguna vez pudo haber sido una muy agraciada habitación. Tenía grandes
ventanales, y una mesa vacía en el medio, demasiado grande. Ahí, se dijo, debía
haber vivido un hombre adinerado, o una viuda con una importante herencia, pero
no una bruja harapienta o algún mendigo que debió morir, como rumoreaban.
Llegó a las
ventanas, por dónde se vislumbraba el inmenso jardín repleto de miles de
plantas. Ese lugar se veía más vivo que la construcción entera. Tocó levemente
el vidrio, al no encontrar ninguna puerta que diera al patio, y de un chillido,
se abrió lo suficiente y logró saltar.
Afuera, lo
azotó un viento otoñal que le llevó tierra a los ojos. Al enjugarlos, dio con
plantas exóticas y de ambientes calurosos, hasta coníferas que podrían ocupar
toda la manzana. Las rejas se distinguían por allá, muy distantes. Alan se topó
con un sendero extraño que partía de la misma ventana y se perdía en los
árboles más lejanos.
¿Sabía bien
cuál era el camino de regreso si se llegaba a perder? Avanzó hasta encontrar un
viejo roble a un costado del atajo. Se veía muerto, seco, pero sus hojas
estaban empezando a caer por la brisa otoñal que las azotaba con fuerza. Una
ráfaga de viento despeinó su cabellera, y se llevó consigo una porción del
follaje castaño. El roble, que pareció en algún momento tan fuertemente aferrado
al suelo, se meció en esa dirección, y dejó entrever (o al menos el chico creyó
imaginar) una silueta oscura, como una sombra, que lo contemplaba en su
totalidad. Segundos después, tras un pestañeo, desapareció con el viento, al
tiempo que Andrés llamó su nombre desde el interior.
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