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sábado, 30 de mayo de 2020

PÁGINA 49

(Viene de la página 24)                                                                    

 

Ambos se intentaron ayudar mutuamente sin razonar que el paralizarse les podría dar mejores resultados. Se hundieron hasta el pecho entre jadeos, locura y temor. Con los ojos cerrados, al comprender que no había más que hacer, el par se dejó succionar por la arena, rendidos, sin otra certeza que lo inevitable, y el ardiente baile de los granos brillantes cubriéndoles el rostro. La última inhalación tuvo lugar, y el pozo escupió sus cuerpos de nuevo al desierto.

Desconcertados, cubiertos de polvo, el dúo se puso de pie, e intentado razonar sobre lo absurdo de lo ocurrido, no tuvieron otra alternativa salvo ponerse de nuevo a caminar. Tan eterna se les hizo la inmensidad del árido terreno, que los sorprendió la noche aun buscando un faro de esperanza. La única forma de vida que habían creído sentir era algo que se movió bajo sus pies, metros hacia un submundo no explorado. Alan recordaba las comodidades del otro lado del Espejo, su vida tranquila y hogareña, y se creyó tan lejos de su vida conocida que deseó cerrar los ojos y no volver a abrirlos, dejar morir su visión de esa infinita tarde naranja, y reconvertida en azul bañada por la luz satelital.

Pero al volver en sí, al suelo bajo sus pies y al viento helado de la velada en ese otro universo tangible, una sombra los sorprendió desde un escondrijo detrás de un cactus reseco. Cuando se percataron del inusual tamaño que tenía esa criatura, o del predicamento terrible que tenían en manos si las leyes de ese reino los habían disminuido sin notarlo, daba igual: las intenciones de ese salvaje ser los obligó a correr.

A los pocos metros ganados en la persecución los jadeos ya se hacían ensordecedores, el respirar vuelto una batalla. Las estrellas atestiguaron la escena sin poder dar una mano de auxilio. El escorpión avanzaba ondulando su aguijón mortífero, sediento de poder eyacular su veneno. Alan y Andrés corrieron, nunca habiendo imaginado que su suerte los pondría a la altura de esa criatura, al peligro de caer rendidos frente a ese ser negro como la noche. La poción mortal goteó al ritmo de la transpiración de las presas humanas. En las frías dunas del desierto en penumbra, sería cuestión de tiempo para que el monstruo consiguiera saciar su sed sanguínea, y calmar su apetito voraz. Pronto caerían en su trampa...nada ni nadie escapó nunca a su destino cuando Escorpio necesitó un bocado de madrugada.

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