(Viene de la página 43)
A pesar de las
preocupaciones del ahora llamado “Viajero”, el camino pareció tranquilo, y en
efecto, no duró más de veinte minutos. La Torre podría haber pasado antes por
una por la cual se podían transmitir ondas radiales, aunque hacía mucho que la
radio no se usaba al igual que en la antigüedad. Estaba a las afueras, en un
muy tranquilo y abandonado barrio de hogares bonitos, nada tan sofisticado y
monótono como los edificios modernos de la ciudad. Incluso se podían distinguir
los colores de los que habían estado pintadas las paredes hacía quien sabía
cuánto tiempo, y era sin duda, la más hermosa imagen que Andrés había visto en
ese futuro distante desde su llegada. Podía imaginarse a niños jugando acá y
allá, a la plaza de la esquina con sus juegos en buen estado, hamacando a las
pequeñas; aquél arco deteriorado sirviendo para que los chicos armaran partidos
de fútbol, y se divirtieran tardes enteras. ¿A dónde se había ido todo eso? De
repente, tras esa pregunta en su cabeza, una nueva surgió disparada. Necesitaba
saber… ¿cómo no se había dado cuenta hasta entonces?
— ¿Por qué
hasta ahora solo vi hombres por las calles? ¿Qué les pasó a las mujeres y a los
chicos? —inquirió, inmediatamente arrepintiéndose al ver las reacciones en los
rostros de sus compañeros. Algo malo había pasado, no había que ser un genio
para saberlo, y una mirada directa con ojos vidriosos, lo hizo sentir
terriblemente mal por haber preguntado eso.
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