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sábado, 30 de mayo de 2020

PÁGINA 19

 (Viene de la página 18)                                                                   


            Y tras dejar contento al Rey del Otro Mundo con memorias de antaño, y perder valioso tiempo en esa conversación, el equino impaciente interrumpió para pedir: 

              —Disculpe, su majestad, pero nos estaba usted contando algo mucho más interesante. Decía algo sobre un rumor de una desertora… 

           — ¡Ah, sí! Bueno, dicen las malas lenguas que una desertora en un vehículo terrestre tiene información sobre un mapa de los territorios conocidos de la Infinidad, y que podría haber un punto en el que puede irse uno hacia el otro lado. 

               — ¿Del otro lado del espejo, querrá decir? ¿De vuelta al mundo real? 

               —Mira, Alan, como dije, hay muchas maneras de entrar en este limbo, como vos lo llamaste. Pero que ustedes recuerden lo tangible de su pasado antes de venir al País del Espejo, no hace a esto menos real. 

            Hizo una pausa acusadora antes de agregar: —El punto ha de ser un portal, una fisura, un agujero de gusano. El mapa le perteneció a la Tribu en generaciones anteriores, pero se perdió en la arena. Esta desertora podría haber encontrado la salida o el mapa a ella, sin embargo, hace mucho que no viene por acá…y yo que ustedes no volvería a salir al desierto, podrían no tener la misma suerte otra vez—. El Rey, satisfecho con todo lo que había desembuchado, estaba por retirarse probablemente de nuevo al lado de la fogata, pero entre los recién llegados se dijeron de todo con los ojos. Fue Andrés el que pensó: 

            —Una última pregunta, alteza. ¿Por qué tienen prohibido acercarse al límite? 

            — ¿Están locos? ¿Quieren que la Reina los haga esclavos a ustedes también? 

            Por suerte sus palabras se las llevó el viento mientras se retiró lejos. El caballo y los muchachos tuvieron poco que hablar para establecer su próximo movimiento. Esa misma tarde, antes de que anocheciera, los jóvenes y el corcel pusieron en marcha la liberación (esta vez abastecidos para tamaña travesía que se habían propuesto). Una despistada miembro de la tribu les apuntó la dirección a cambio de hacerle un tatuaje invisible con hielo a uno de ellos, un conjuro blanco de fortuna. Regresaron al límite prohibido donde los esclavos eran forzados terriblemente a construir brillantes objetos sin identificar. Alan tomó del brazo a su compañero curioso y lo trajo fuera de la vista de esos seres. 

            — ¿Querés terminar como ellos? —le preguntó susurrando. Andrés solo se quedó mirando el suelo arenoso como señal de disculpa. 

        —Odio este lugar...—se disculpó. El otro solo emitió una media sonrisa, asintió, y ambos asomaron sus cabezas por el borde del montículo para espiar los movimientos con más cautela. Los robots dirigían a sus lacayos alrededor de una estatua familiar enterrada hasta el pecho y continuaban su marcha por un extenso tramo de desierto, hasta que se perdían en el horizonte. Andrés fue el que ahora tomó el brazo de Alan, y sin pensarlo dos veces, lo guio corriendo hasta acercarse lo más posible a los esclavos sin que los gigantescos centinelas metálicos se percataran. Rodearon el desnivel, y ya a su altura, no conformes con la tiranía de la Reina, entablaron conversación con uno de ellos. 

            —Si lo que dicen es cierto, viajeros, quizás sí sean especiales; pero desde acá no van a poder liberar a nadie. Pasando entre las Puertas de Hielo a la Ciudad, está el castillo. Derrocando a la Reina y solo así, podrían devolvernos la esperanza y con suerte, la libertad. 

(Visitar la Ciudad en página 61)


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