Ambos
ansiosos, abrieron la puerta “A”. El cuarto al que dio era solo una habitación
con una gran cama con ropa blanca y almohadas a montón. Parecía detenida en el
tiempo. Sobre ella había solo un pequeño alhajero dorado, y al ser lo único
destacado, lo abrieron sin pensarlo. Dentro moría una carta escrita con una
caligrafía de lo más delicada, prolija y cuidada, que daba instrucciones para
el primer “desafío”. Éste consistía en recostarse sobre esa cama, y tras
dormir, poder diferenciar lo que había sido sueño de lo real. No pareció difícil,
pero la carta también decía que al leer la inscripción en el techo desde una
posición horizontal, entrarían en la ensoñación que daría inicio a la “prueba”.
Coralto expresó sus dudas respecto a quién juzgaría sus movimientos, siendo que
el lugar parecía vacío pero sin embargo implicaba estar dispuesto de forma
intencional, premeditada. — ¿Vos decís que nos están observando? —le
respondieron.
—No vinimos a
esto, no llegamos hasta acá para dormimos…creí que este era tu sueño,
Alan—soltó. Los recuerdos de esos instantes quedaron retorcidos. El acusado de
fabricar todo eso en su mente alegó, lógico, que de ser así era el mejor
candidato para el experimento; pero Andrés con sus argumentos, sugirió que la
imagen propia en introspección podría discernir luego con otra perspectiva más
interesante.
Ninguno de los
dos estaba cien por ciento seguros de qué creer y qué dar por sentado en ese
entonces. Para aumentar sus probabilidades, se recostaron uno de cada lado, y
cayeron desmayados, como abrazados por una quimera.
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