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sábado, 30 de mayo de 2020

PÁGINA 61

(Viene de la PÁGINA 19)                                                                 

 

Cuando Coralto y los jóvenes arribaron a la ciudad, un sentimiento de encierro los atacó. En la amplitud de las calles, se observaba a transeúntes apagados, dominados por las sombrías luces incandescentes del entretenimiento banal, de la reproducción de tradiciones ofensivas y opresoras. La hipocresía se dejaba sentir como la falsedad, en cada dirección en la que se mirara. Lo que separaba a esos esclavos idiotizados de los prisioneros de la infinitud en el desierto sin fin, era un consumismo decadente, una urgencia por la autodestrucción ambiental, la contaminación, y el exterminio de las especies puras e inocentes. Ningún ave se escuchó entre los pasos rítmicos de los hipnotizados ciudadanos dirigiéndose del trabajo al hábitat de sedentarismo insalubre.

Alan y Andrés solo necesitaron compartir una única mirada de lástima e impotencia para converger en la opinión de que esa sociedad estaba destinada a la peor de las ruinas, si es que no vivían ya un apocalipsis. Tan absortos estaban en lo que pasaba en sus mundos, que nadie se percató de su presencia al cruzar las calles rumbo al castillo. Eso debía cambiar. Nadie podía ser realmente feliz en un ambiente en el que la traición, la ventaja y los humos de superioridad clasista hacían discriminar hasta a los escasos esclavos que vivían en las calles, lejos del labor interminable pero incapaces de permitirse el vaciado de ideas creativas y la zombificación mediática que traía consigo la vida en la urbe.

            Se detuvieron los tres a beber en una fuente refinada, pero incluso al contemplar esa obra artística en el medio de ese mundo irreal, les pareció tan hermosa como falsa, incrédula, fría. La metrópolis parecía pintada por los matices monótonos entre el blanco y el negro. Ese color era extremadamente agobiante…casi que hería los ojos de solo verlo, pero a la gente que vivía allí no les pareció lo mismo. Todos caminaban iguales, y a nadie le pareció importar el hecho de que ellos, en medio de los habitantes de esa gran manzana céntrica, fuesen los únicos que no marchaban ni respiraban al mismo tiempo que los demás, ni encajaban en ese mundo.

Había poca visibilidad debido a la niebla. Era extraño que pudiesen ver por dónde ir, u oír sus estrepitosas exclamaciones de asombro con la música tan alta. Por parlantes quizá ubicados en las azoteas de los edificios, sonaban ruidos. Alan no pudo especificar que fueran necesariamente melodiosos, aunque seguían un ritmo y una composición premeditada, según pudo notar. La “música” no les fue de lo más placentera, pero nadie se quejaba, nadie hablaba de lo fuerte que sonaba, ni les aparentaba molestar que fuese escandalosa, ajena y extraña pero a la vez…adictiva. Los tres aprendieron durante su estadía a no hacerle caso, y hasta se descubrieron por unos momentos moviéndose a su ritmo.

            Extraños vehículos voladores por encima de sus cabezas, allá metros más arriba, se perdían con la neblina. ¿El sueño los habría adelantado en el tiempo? Los viajeros, tras un largo rato de estudiar y no encontrar nada más que monotonía, finalmente se dieron por vencidos y decidieron, para no llamar la atención, hacer lo mismo que todos, ser parte de la masa, convertirse en nadie aunque fuese por un momento. Se pararon junto a otro humano de accionar robótico y caminaron junto a él sobre la vereda por un largo tramo, sin separársele. Intentando mantener hasta la mirada fija como ellos también hacían, mantuvieron sus cabezas derechas y espiaron lo que sucedía a su alrededor. Al poco tiempo comenzaron a caer en la cuenta del frío que hacía…

(Sigue en la página 62)

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