(Viene de la PÁGINA 19)
Cuando Coralto y los
jóvenes arribaron a la ciudad, un sentimiento de encierro los atacó. En la
amplitud de las calles, se observaba a transeúntes apagados, dominados por las
sombrías luces incandescentes del entretenimiento banal, de la reproducción de
tradiciones ofensivas y opresoras. La hipocresía se dejaba sentir como la
falsedad, en cada dirección en la que se mirara. Lo que separaba a esos
esclavos idiotizados de los prisioneros de la infinitud en el desierto sin fin,
era un consumismo decadente, una urgencia por la autodestrucción ambiental, la
contaminación, y el exterminio de las especies puras e inocentes. Ningún ave se
escuchó entre los pasos rítmicos de los hipnotizados ciudadanos dirigiéndose
del trabajo al hábitat de sedentarismo insalubre.
Alan y Andrés solo
necesitaron compartir una única mirada de lástima e impotencia para converger
en la opinión de que esa sociedad estaba destinada a la peor de las ruinas, si
es que no vivían ya un apocalipsis. Tan absortos estaban en lo que pasaba en
sus mundos, que nadie se percató de su presencia al cruzar las calles rumbo al
castillo. Eso debía cambiar. Nadie podía ser realmente feliz en un ambiente en
el que la traición, la ventaja y los humos de superioridad clasista hacían
discriminar hasta a los escasos esclavos que vivían en las calles, lejos del
labor interminable pero incapaces de permitirse el vaciado de ideas creativas y
la zombificación mediática que traía consigo la vida en la urbe.
Se detuvieron los tres a beber en
una fuente refinada, pero incluso al contemplar esa obra artística en el medio
de ese mundo irreal, les pareció tan hermosa como falsa, incrédula, fría. La
metrópolis parecía pintada por los matices monótonos entre el blanco y el
negro. Ese color era extremadamente agobiante…casi que hería los ojos de solo
verlo, pero a la gente que vivía allí no les pareció lo mismo. Todos caminaban
iguales, y a nadie le pareció importar el hecho de que ellos, en medio de los
habitantes de esa gran manzana céntrica, fuesen los únicos que no marchaban ni
respiraban al mismo tiempo que los demás, ni encajaban en ese mundo.
Había poca visibilidad debido a la niebla. Era
extraño que pudiesen ver por dónde ir, u oír sus estrepitosas exclamaciones de
asombro con la música tan alta. Por parlantes quizá ubicados en las azoteas de
los edificios, sonaban ruidos. Alan no pudo especificar que fueran
necesariamente melodiosos, aunque seguían un ritmo y una composición
premeditada, según pudo notar. La “música” no les fue de lo más placentera,
pero nadie se quejaba, nadie hablaba de lo fuerte que sonaba, ni les aparentaba
molestar que fuese escandalosa, ajena y extraña pero a la vez…adictiva. Los
tres aprendieron durante su estadía a no hacerle caso, y hasta se descubrieron
por unos momentos moviéndose a su ritmo.
Extraños
vehículos voladores por encima de sus cabezas, allá metros más arriba, se
perdían con la neblina. ¿El sueño los habría adelantado en el tiempo? Los
viajeros, tras un largo rato de estudiar y no encontrar nada más que monotonía,
finalmente se dieron por vencidos y decidieron, para no llamar la atención,
hacer lo mismo que todos, ser parte de la masa, convertirse en nadie aunque
fuese por un momento. Se pararon junto a otro humano de accionar robótico y
caminaron junto a él sobre la vereda por un largo tramo, sin separársele.
Intentando mantener hasta la mirada fija como ellos también hacían, mantuvieron
sus cabezas derechas y espiaron lo que sucedía a su alrededor. Al poco tiempo
comenzaron a caer en la cuenta del frío que hacía…
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