La travesía los obligó a escalar por fuera la última torre, y espiando
desde un recoveco en el intrincado alféizar de la ventana más alta, escucharon
que la Reina se encontraba desfallecida, dictando órdenes desde su lecho. Una
criada se rebeló contra la perversidad para con el pueblo y los ocultos
descubrieron el motivo de la retención de los prisioneros en perpetuo labor. La
única cura para el malestar real la obtenía aprovechando la energía de una
cantidad inmensa de seres humanos. Los millares de espejos y cúpulas labradas
servían a ese propósito. Un arriesgado asomo permitió ver la alcoba emparedada
de libros, una enorme araña colgando del techo, luciendo las joyas carísimas, y
planos de una red jerarca con cálculos para el aprovechamiento del fuego humano
como propulsora de un navío de escape, como matriz de una urbe idílica,
elitista. Era obvio que la reina se había obsesionado con su deseo de longevidad.
Se especificaba la predilección de mujeres y niños para las proezas
energéticas; había perdido la razón. Una idea fue clara. Se había desviado de
la verdadera aspiración del Rey: dejar a su pueblo partir, liberarlo. Los
chicos barajaron sus posibilidades al borde de la acción.
¿Habría una manera de convencerla de desistir?
¿Podrían sacarle información, como el mapa con la salida?
¿Los recibiría con la misma hospitalidad de los pasados encuentros en la
travesía?
De tanto cuestionarse, la mismísima los encontró con la mirada y con ella
los invitó a acercarse, sin embargo, para su desgracia pudieron verle el rostro
grotesco y monstruoso, en la actividad que incansable la coronaba en su literal
y figurativa grandeza.
Se veía tan moribunda como prolífica, y la mantenía pulsante un
deslumbramiento atroz, perverso.
Ø
Intentar
matar a la Reina en la 111
Ø
Intentar
hacer las paces con ella en la 101
Ø
Intentar
sonsacarle información de la salida en la 107
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