(Viene de la página 81)
Esas horribles máquinas voladoras
con largos tentáculos y cables colgando por doquier, servían como herramientas
de campo para que los Invasores tuvieran a la ciudad trabajando, en orden y
bajo estricto control, y habían sido encargados de capturar a los rebeldes y
volverlos a poner bajo hipnosis, sabiendo solo Dios qué torturas les harían,
qué castigos les aplicarían antes de volverlos a forzar a trabajar. Así que la
primera idea al ver esas máquinas fue la correcta: escapar o morir en el
intento.
— ¿Qué está pasando? —gritó Andrés, al tiempo en que se hacían paso
entre las calles, fuera de la vista de los Recolectores. Antes de llegar a la
esquina, dos de esos pulpos de metal, irradiando luces y volando más rápido de
lo que ellos podían correr, ya los habían alcanzado por otra cuadra. Pero los
Rebeldes tenían un par de ases en la manga. Los tres mutantes de ojos grises se
pusieron en marcha, al frente de la línea de batalla contra los dos pulpos
robóticos, y antes de que les pudieran asestar un golpe, el Defensor tenía ya
preparados campos de fuerza alrededor de ellos, y el Cristalero rompió los vidrios sanos de los edificios
aledaños contra las máquinas que intentaban rasgar el escudo que los protegía.
El muchacho perfiló los afilados cristales hacia los Recolectores, y consiguió
hacer chocar a uno contra una estructura metálica, y a otro hacerlo entrar en
cortocircuito al darse contra un poste de luz tirado en el suelo. Los cables
pelados, en contacto con el pulpo de metal, lo desactivaron.
— ¡Mec, tu turno! ¡Vas a superar tu propio record, pibe, porque tiempo
no tenemos! —gritó el Ocultista, mientras el Mecánico corría hacia los
Recolectores caídos y los reconfiguraba con las pocas herramientas con las que
disponía y la ayuda del Lector, el Guerrillero y todo aquel que estuviera cerca
de él. Apenas habían pasado segundos desde que se habían puesto a trabajar en
los robots caídos cuando el Espía se posó encima de un automóvil abandonado a
unos metros del grupo, mirando a través de un lente.
— ¿Cuánto tiempo tenemos? —preguntó el líder al encargado del reloj.
—Con suerte, y si hay un Dios, apenas un minuto—respondió.
—El primero ya está. Va a volar, solo tiene unas abolladuras, pero
necesitaré más de un minuto para el otro, tengo resetearlo—dijo, secándose la
frente, y terminando de trabajar con uno para pasar al siguiente. El que estaba
listo se reincorporó en el aire, imponente como siempre, pero indefenso,
aguardando órdenes, con los tentáculos inmóviles colgando debajo de él al igual
que la maraña de cables.
— ¿Cuánto más, Mec? ¡Tenemos que irnos ahora, no vamos a tener suerte si
vienen más, y menos si viene uno de ellos
en persona!
En ese instante, otro sonoro retumbe de palabras guturales, que se
sentía en la tierra bajo sus pies, entrando por sus cuerpos y haciéndoles
vibrar los huesos, se oyó en toda La Ciudad Gris al mismo tiempo.
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