↓↓↓↓↓↓

sábado, 30 de mayo de 2020

PÁGINA 21

(Viene de la página 81)                                                                    

 

Esas horribles máquinas voladoras con largos tentáculos y cables colgando por doquier, servían como herramientas de campo para que los Invasores tuvieran a la ciudad trabajando, en orden y bajo estricto control, y habían sido encargados de capturar a los rebeldes y volverlos a poner bajo hipnosis, sabiendo solo Dios qué torturas les harían, qué castigos les aplicarían antes de volverlos a forzar a trabajar. Así que la primera idea al ver esas máquinas fue la correcta: escapar o morir en el intento.

— ¿Qué está pasando? —gritó Andrés, al tiempo en que se hacían paso entre las calles, fuera de la vista de los Recolectores. Antes de llegar a la esquina, dos de esos pulpos de metal, irradiando luces y volando más rápido de lo que ellos podían correr, ya los habían alcanzado por otra cuadra. Pero los Rebeldes tenían un par de ases en la manga. Los tres mutantes de ojos grises se pusieron en marcha, al frente de la línea de batalla contra los dos pulpos robóticos, y antes de que les pudieran asestar un golpe, el Defensor tenía ya preparados campos de fuerza alrededor de ellos, y el Cristalero  rompió los vidrios sanos de los edificios aledaños contra las máquinas que intentaban rasgar el escudo que los protegía. El muchacho perfiló los afilados cristales hacia los Recolectores, y consiguió hacer chocar a uno contra una estructura metálica, y a otro hacerlo entrar en cortocircuito al darse contra un poste de luz tirado en el suelo. Los cables pelados, en contacto con el pulpo de metal, lo desactivaron.

— ¡Mec, tu turno! ¡Vas a superar tu propio record, pibe, porque tiempo no tenemos! —gritó el Ocultista, mientras el Mecánico corría hacia los Recolectores caídos y los reconfiguraba con las pocas herramientas con las que disponía y la ayuda del Lector, el Guerrillero y todo aquel que estuviera cerca de él. Apenas habían pasado segundos desde que se habían puesto a trabajar en los robots caídos cuando el Espía se posó encima de un automóvil abandonado a unos metros del grupo, mirando a través de un lente.

— ¿Cuánto tiempo tenemos? —preguntó el líder al encargado del reloj.

—Con suerte, y si hay un Dios, apenas un minuto—respondió.

—El primero ya está. Va a volar, solo tiene unas abolladuras, pero necesitaré más de un minuto para el otro, tengo resetearlo—dijo, secándose la frente, y terminando de trabajar con uno para pasar al siguiente. El que estaba listo se reincorporó en el aire, imponente como siempre, pero indefenso, aguardando órdenes, con los tentáculos inmóviles colgando debajo de él al igual que la maraña de cables.

— ¿Cuánto más, Mec? ¡Tenemos que irnos ahora, no vamos a tener suerte si vienen más, y menos si viene uno de ellos en persona!

En ese instante, otro sonoro retumbe de palabras guturales, que se sentía en la tierra bajo sus pies, entrando por sus cuerpos y haciéndoles vibrar los huesos, se oyó en toda La Ciudad Gris al mismo tiempo.

 

(Continúa en la página 23)


No hay comentarios:

Publicar un comentario