Una ventana por la que saltar al infinito abismo, a más de uno le vendría conveniente cuando la realidad te supera con creces. La misma ventana por la que sería quizás aún más placentero arrojar a alguien indeseado, aborrecido y detestado colectivamente. Y si sus majestades no despertaran a tiempo para hacer las veces de portal, su filoso cristal roto en nombre de la justicia o el deseo sanguíneo, podría ser tan efectivo como la subsecuente maldición de años-duración. Ambos dos, humo y espejo, son armas preparadas para la guerra.
Esa daga
refractaria tiene sed de rubíes y ansias de penurias, igual que su portador. El
brillo del reflejo mostrará la expresión de sorpresa trágica en su mirar, pero
no serán los ojos del victimario los que sangren. Más dolencias que tendrán que
sumar a sus duelos naturales los que sean juzgados.
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