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sábado, 30 de mayo de 2020

PÁGINA 42

(Viene de la PÁGINA 11)                                                                 

 

Los kilómetros sufridos en esa dirección se hicieron cansinos rápidamente, y la sola automática monotonía del continuar caminando, los fatigó hasta el silencio. La sequedad era total, la única humedad en sus espaldas y cuerpos asoleados. Uno de los espejismos se presentó especialmente verosímil, por su grandeza y majestuosidad. Alan no confió en un principio, pero a vista estaba que truncando plena cima de la duna, el verde de un bosque proponía agua, vida...y oscuridad. El cielo Azul encima de la arena se partía al medio en una nube maligna, y el aire, en una niebla densa que atravesaba los árboles (apenas entre sí dejaban paso a algún sendero).

Los pasos hasta la visión fueron cargados de excitación, ansiedad, velocidad. Alan y Andrés se precipitaron hacia la imagen, y la arena bajo sus pies se volvió humus negro, los cactus y serpientes bajo el índigo del firmamento se transformaron en altísimos troncos de ramas entrelazadas y sombras misteriosas en la difusión de la niebla.

Por alguna razón, los espejismos en el bosque en penumbra se continuaban como si tuvieran razón para existir. Sin embargo, entre la bruma, se asemejaban más a sombras que a claras visiones. Pronto hubo más de una razón para sentirse inseguros, desprotegidos incluso ante el abrigo del follaje, pero no era viable volver al Desierto; menos cuando en ese bioma se respiraba humedad. Entre la nube negra que los cubría se divisaron relámpagos, se oyeron amenazas de lluvia que no tardaron en cumplir. Rápidamente saciaron su sed con la precipitación al punto que el diluvio que prometía un alivio, los empapó hasta los huesos.

Los extremismos del clima en ese mundo no les causaban gracia, y lo que al principio fue una bendición, en seguida se convirtió en motivo de fuga y motor de búsqueda de un refugio contra los ensordecedores truenos y las apariciones de sombras; que se desvanecían o perdían entre los árboles ni bien les dirigían la mirada. Todo a su alrededor parecía inhóspito y cuanto más se adentraban en la arboleda, más voces y sonidos y misterios los acechaban. De repente, una de las figuras de existencia dudosa se presentó más grande que un oso parado en sus patas traseras, y comenzaron a huir de sus jadeos. Todos los caminos se vieron igual de riesgosos, y el sendero de vuelta al desierto se había perdido en la niebla. Alan pronunció en voz alta su necesidad de un escondite, y Andrés le señaló las alternativas:

 

Ø  un rastro animal hacia lo alto de un árbol (en la página 52 o en la 56)

Ø  y una madriguera entre sus raíces curvas (en la página 66).


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