(Viene de la PÁGINA 42)
En la
penumbra, y por toda compañía los atemorizantes murmullos de la vida nocturna
al asecho, la idea que propuso Andrés con su índice para buscar refugio se ve
como la única viable. Un rastro inconfundible los guía hacia un árbol,
puntiagudo cómo sus hermanos, albergando en su interior crujidos que solo
desmienten peligrosamente su soledad entre las sombras. Todo otro camino parece
inútil, ahora que comenzaron a escalar entre las grietas de la corteza
azabache. Trabajosamente, consiguieron subir hasta tocar terreno más firme en
las alturas: una gruesa rama los acobijó, pero el ecosistema que invadieron los
empujó con miles de venenos, aguijones, y escalofríos de almas pasando a su
alrededor, lo más lejos del tronco posible.
Con la
paranoia haciendo estragos en su mente, Andrés insistió en refugiarse de la
eterna noche por el sendero de plumas en lo que solo podría ser un gigantesco
nido. Parecía vacío, y la oscuridad en su interior era aún más profunda que la
que inundaba el paisaje. Perseguidos por la desesperación, hicieron tímidos y
cuidadosos pasos hacia la morada de la criatura aún sin reconocer, pero su
estructura de ramitas los delató al andar. Unas pequeñas crías se desperezaron,
abrieron sus picos y anunciaron el hambre de sus estómagos, la interrupción de
sus sueños. La gota que rebalsó el vaso moja las frentes nerviosas, y Alan
agarró del brazo a su otro yo dispuesto a abandonar esa trampa, con una
determinación en sus facciones que se hubiera enfrentado a los peligros a nivel
del suelo, pero una sombra les hizo frente.
Del cielo y
entre el follaje, un ave de plumas despeinadas y mirar penetrante se
materializó ante ellos en un instante, llamada por el despertar de los
polluelos. El cuervo gigante y venido a menos era delgado, sus filosas garras y
su porte desquiciado no anunciaron ninguna novedad, ni ningún buen augurio.
Antes de poder hacer nada, el ave oscura les cerró el paso y los hizo
retroceder de vuelta al nido. Las crías los llaman con los picos, la madre los
ofrece como bocado de madrugada. El frenesí que se desató con un ataque feroz y
la subsecuente revelación de los intestinos hirvientes y sangrantes a gusto de
los comensales, hizo desear a los muchachos estar soñando. Pero el reflejo en
el ojo impregnado de sangre les anunció que la pesadilla acababa de comenzar.
No hay comentarios:
Publicar un comentario