(Viene de la PÁGINA 56)
Por la izquierda avanzaron
cautelosos hasta que el atroz viento (ya parecía un huracán) quebró la rama de
tanto que la meció. Y los obligó retroceder de nuevo al tronco. Sin saber para
donde seguir, con el riesgo sintiéndose tan real como la furia de la
naturaleza, se detuvieron en seco cuando una sombra imposible de identificar se
les presentó a poca distancia, y un instinto irrefrenable de supervivencia los
alejó. Un hueco en la corteza azabache les sirvió de refugio, pero la oscuridad
aún más acentuada no hizo sino preocuparlos. Allí escucharon sonidos de
aleteos, de algo que le era imposible salir. Cuando tocaron una cosa pegajosa y
abundante, comenzaron a querer enfocar la visión. Solo cuando un relámpago
recorrió el firmamento e hizo parpadear a las nubes con luz blanca y
advertencias de un tormento peor, les fue posible fijar los ojos en la escena
completa. Los aleteos desesperados resultaron ser de moscas y otros insectos
atrapados en la red. Tendrían que haber huido despavoridos. Aquello pegajoso no
los dejaba salir, los hundía más con cada forcejeo como arenas movedizas. El
tronco era hogar de una telaraña enorme y más grande que ellos. La dueña y
señora los miró con múltiples ojos desde las alturas, hambrienta y extasiada de
haber recibido tales sacrificios ofrendados sin siquiera requerirlos. El árbol,
su lugar de sepulcro, era hogar de una peluda y gigantesca viuda negra.
Por la derecha, el viento los empujó hacia las ramas externas del árbol, y una sombra que no pudieron identificar hizo lo propio para atraerlos hacia algo que colgaba en simbiosis con la vida del tronco. Una mala pisada hizo caer a Alan y quedó colgado que creyó una telaraña. Andrés le tendió la mano para regresarlo pero tanto se estiró que resbaló también y fue el primero quien lo salvó de la caída al afirmarlo con esa extraña cosa colgante. Demasiado sólida para ser el nido de un arácnido, los jóvenes intentaron treparla, pero la enmarañada vegetación empezó a crecer rápidamente alrededor suyo. Mecidos por el viento que no dio tregua, donde apoyaban el pie se cortaba, y donde se aferraban, la vida crecía sobre sus manos, intentando engullirlos. Una visión de fuego y una carcajada sonora iluminaron de pronto desde lo más profundo del suelo, y ante esa fuente de luz pudieron ver que lo que creía y los ataba eran largas fibras grisáceas, una especie de musgo (Tillandsia Usneoides) motivado a extenderse por la cercanía de a quien le pertenecía. Quizás el liquen no era mortífero en sí, pero pronto el nombre popular, los sonidos de pasos y el fuego acercándose les helaron la sangre.
— ¡¿Qué es esto, quién
viene?! —preguntó Andrés. Con la voz quebrada, Alan respondió:
—Le dicen pelo de bruja,
barba de viejo o…barba del Diablo.
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