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miércoles, 8 de enero de 2020

PÁGINA 17

(Viene de la página 15)                                                                    

 

Los dos muchachos, el desertor, y el unicornio aparecieron en otro lugar, a quien sabe cuántos kilómetros de distancia. Era un campamento, con muchas personas aguardando por él, y la sorpresa añadida de aparecer con el estruendo de un tiroteo.

—Su alteza, su alteza, ¿se encuentra bien?—preguntaron los que estaban más cerca. La gente comenzó a acercárseles, y pronto el blanco corcel y los idénticos dos muchachos fueron atendidos de maravilla por la tribu. Se les ofreció agua, vino, variadas frutas y comidas, y el supuesto rey anunció que primero deberían comer y beber a gusto, antes de deshidratarse, y que luego hablarían mejor las cosas.

Los tres compañeros fueron llevados hasta una carpa, en donde pudieron dejarse caer. Durmieron horas, tan agotados que nadie se los reprochó, pero la necesidad de información y ansiedad despertó a Coralto antes que a los demás. El elegante animal se paró en sus cuatro patas y sin intención de interrumpir el sueño de los “gemelos”, caminó hacia afuera de la carpa y bebió agua en un bebedero cerca de los demás, en el establo a pocos metros. Ya era de noche, y las estrellas brillaban en el firmamento azulado.

El unicornio caminó por el desértico suelo, reseco pero afortunadamente no arenoso, y deambuló por entre el campamento, buscando el origen de la luz rojiza que lo deslumbró en la penumbra. Cuando se hubo acercado lo suficiente, encontró la fuente: una gran fogata alrededor de la cual la tribu estaba reunida, cenando y hablando con el Rey como anfitrión. Coralto no se quiso dejar ver, solo por querer contemplar un poco más a esas personas, se preguntaba muchas cosas y muchas otras no sabía ni cómo preguntárselas. Pero todos esos desertores sentados en la mesa de madera parecían tan acostumbrados a esa vida, que eso lo desconcertaba y necesitaba saber. Él apareció ahí quién sabía por qué, quién sabía por dónde. Sin embargo, a pesar que no fuese su intención dejarse ver, el Rey y su pueblo se percataron. El líder del grupo les pidió que no se movieran, que él iba a hablar con los nuevos antes de presentarlos.

Hasta el encuentro con el corcel fue con una antorcha en su mano derecha, y lo condujo a buscar a sus compañeros, puesto que él les debía a los tres una explicación por ser nuevos en ese mundo tan incierto. Cuando hubieron llegado a la carpa que se les había cedido, encontraron a Alan y a Andrés ya despiertos, hablando entre sí, sin saber que había otros despiertos además de ellos.

Su alteza encendió una vela en un farol, colgando de uno de los postes en los cuales se apoyaba la carpa, y se sentó en una cama colgante para poder hablarles de frente a frente.

— Alan, Andrés, Coralto—empezó—antes que nada, quiero darles la cordial y oficial bienvenida a nuestro mundo…el País del Espejo, aunque por supuesto lo llaman por muchos nombres. Me llaman el Rey del Otro Mundo, y todos los que componemos la Tribu del Desierto, hemos llegado aquí de distintas formas, pero en la misma condición: sin recuerdos de nuestra vida pasada, de nada excepto nuestros nombres. Con el tiempo, y con suerte, algunos hemos podido recordar varias cosas.

Este mundo es…infinito, de allí sus otros nombres. No tiene fin, no hay una manera de circunnavegar el globo porque este mundo no es esférico…y no hay nadie que haya conseguido darle la vuelta y vivido para contarlo. Es…interminable.

—Entonces pensamos bien cuando creímos que el desierto nos parecía eterno, es porque en realidad lo era…—comentó Alan.

 

(Sigue en la página siguiente)

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