(Viene de la página 15)
Los dos muchachos, el
desertor, y el unicornio aparecieron en otro lugar, a quien sabe cuántos
kilómetros de distancia. Era un campamento, con muchas personas aguardando por
él, y la sorpresa añadida de aparecer con el estruendo de un tiroteo.
—Su
alteza, su alteza, ¿se encuentra bien?—preguntaron los que estaban más cerca.
La gente comenzó a acercárseles, y pronto el blanco corcel y los idénticos dos
muchachos fueron atendidos de maravilla por la tribu. Se les ofreció agua,
vino, variadas frutas y comidas, y el supuesto rey anunció que primero deberían
comer y beber a gusto, antes de deshidratarse, y que luego hablarían mejor las
cosas.
Los
tres compañeros fueron llevados hasta una carpa, en donde pudieron dejarse
caer. Durmieron horas, tan agotados que nadie se los reprochó, pero la
necesidad de información y ansiedad despertó a Coralto antes que a los demás.
El elegante animal se paró en sus cuatro patas y sin intención de interrumpir
el sueño de los “gemelos”, caminó hacia afuera de la carpa y bebió agua en un
bebedero cerca de los demás, en el establo a pocos metros. Ya era de noche, y
las estrellas brillaban en el firmamento azulado.
El
unicornio caminó por el desértico suelo, reseco pero afortunadamente no
arenoso, y deambuló por entre el campamento, buscando el origen de la luz
rojiza que lo deslumbró en la penumbra. Cuando se hubo acercado lo suficiente,
encontró la fuente: una gran fogata alrededor de la cual la tribu estaba
reunida, cenando y hablando con el Rey como anfitrión. Coralto no se quiso dejar
ver, solo por querer contemplar un poco más a esas personas, se preguntaba
muchas cosas y muchas otras no sabía ni cómo preguntárselas. Pero todos esos
desertores sentados en la mesa de madera parecían tan acostumbrados a esa vida,
que eso lo desconcertaba y necesitaba saber. Él apareció ahí quién sabía por
qué, quién sabía por dónde. Sin embargo, a pesar que no fuese su intención
dejarse ver, el Rey y su pueblo se percataron. El líder del grupo les pidió que
no se movieran, que él iba a hablar con los nuevos antes de presentarlos.
Hasta
el encuentro con el corcel fue con una antorcha en su mano derecha, y lo
condujo a buscar a sus compañeros, puesto que él les debía a los tres una
explicación por ser nuevos en ese mundo tan incierto. Cuando hubieron llegado a
la carpa que se les había cedido, encontraron a Alan y a Andrés ya despiertos,
hablando entre sí, sin saber que había otros despiertos además de ellos.
Su
alteza encendió una vela en un farol, colgando de uno de los postes en los
cuales se apoyaba la carpa, y se sentó en una cama colgante para poder
hablarles de frente a frente.
—
Alan, Andrés, Coralto—empezó—antes que nada, quiero darles la cordial y oficial
bienvenida a nuestro mundo…el País del Espejo, aunque por supuesto lo llaman
por muchos nombres. Me llaman el Rey del Otro Mundo, y todos los que componemos
la Tribu del Desierto, hemos llegado aquí de distintas formas, pero en la misma
condición: sin recuerdos de nuestra vida pasada, de nada excepto nuestros
nombres. Con el tiempo, y con suerte, algunos hemos podido recordar varias
cosas.
Este
mundo es…infinito, de allí sus otros nombres. No tiene fin, no hay una manera
de circunnavegar el globo porque este mundo no es esférico…y no hay nadie que
haya conseguido darle la vuelta y vivido para contarlo. Es…interminable.
—Entonces
pensamos bien cuando creímos que el desierto nos parecía eterno, es porque en
realidad lo era…—comentó Alan.
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