Las hojas muertas fueron
arrastradas con más facilidad y le sirvieron de guía, mientras la ventisca le
empujaba la espalda. Se había apartado de todo, y las ramas más altas le
bailaron al apuntarle la dirección. Le pareció que la temperatura menguaba al
arribar a un claro entre la arboleda apretada, y se encontró entornando la
vista por parecerle más turbia la atmosfera, nublado el cielo y opacada la
extremidad que excedía los límites de ese círculo de hierba. El rastro de la
sombra se había esfumado pero lo había atraído a un escenario rico en velas
dispuestas. Vértices de la figura geométrica dibujada con sal en el lienzo de
tierra negra sobre la que no crecía el pasto, tenían en sus puntas algo hipnótico.
¿Serían los iconos falsos? ¿Las ofrendas paganas?
Una ráfaga violenta de
viento encendió con fuego las mechas, y la cera volvió a llorar su caliente
tortura. Una imagen le invadió las retinas de repente, una visión que
desconoció el tener los ojos abiertos o cerrados, indiferente en su retrato. El
Rey yacía en el medio del círculo, horizontal sobre su espalda, un séquito de
seguidores mantenían en alto las ofrendas, o velas, o dagas brillantes, y la
Reina sacrificaba a su esposo en nombre de alguna deidad o poder jerárquico
superior, condenando su alma a merodear un limbo por la eternidad. Cuando
recuperó el dominio de sus sentidos, sobresaltado por hallarse todavía en el
lugar del ritual, vio líneas dibujadas en el claro que se encendieron formando
un mensaje que ofrecía dos diferentes lecturas. Cómo deslices esperando a
ocurrir, ambas bebían los perfumes de las velas, la oscuridad de la noche, y
pintaban cometidos unos pecados capitales con regodeo, alentando a abrasar la
pasión e incendiar las inhibiciones.
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