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sábado, 30 de mayo de 2020

PÁGINA 15

(Viene de la página 14)                                                                   

        Alan, Andrés y Coralto, se quedaron perplejos en la cima de esa gran inclinación vertical del terreno que dividía los dos mundos, y se podrían haber quedado más tiempo contemplando la lastimera escena, pero las sombras de sus cuerpos habían llegado hasta el suelo, y sido vistas por uno de los guardias, que inmediatamente fijó la vista. Asustados, los tres seres retrocedieron y agacharon sus cabezas, para compartir una mirada entre sí. 

        — ¡Dos prisioneros han escapado con un caballo! ¡Han ascendido hasta el desierto infinito! ¡Atrápenlos!—gritó uno de los guardias metálicos, con voz carrasposa, dictando una orden que un grupo de vigías no tardó en correr a cumplir. 

        Los chicos fruncieron el ceño, y el miedo comenzó a fluir en sus cuerpos. 

        —Nada es seguro—pensaron los tres. 

        Los muchachos idénticos y el caballo unicornio observaron con detenimiento que de la nada, como si hubiese aparecido con el caliente y árido viento ocasional, un hombre imponente y barbudo, pero también entrado en años, vestido con ropas que aparentaban ser calurosas, ondeó su capa roja sangre y con ello se apareció a pasos del grupo. 

        —No debieron haberse dejado ver, saben que los desertores tenemos prohibido acercarnos al límite—sentenció enfadado. 

        — ¿Cómo íbamos a saberlo? No hace ni un día que estamos perdidos. 

        —Eso no justifica que anden… ¿qué dijiste? 

        —Solo verdades ha dicho el muchacho, no tenemos idea de quienes sean ustedes los desertores, ni mucho menos dónde es que nos encontramos—dijo Coralto con mucha certeza. 

        — ¿Así que nuevos, eh? Hace incontables lunas que no he oído de entes nuevas por estas tierras… 

        Los enormes guardias metálicos dieron un salto cuando hubieron escalado lo suficiente en la pendiente, y aterrizaron sonoramente en la arenosa tierra del desierto desnivelado. Todos desenfundaron sus armas a metros de ellos. 

        —No hay tiempo para hablar, muévanse—dijo el misterioso desertor, para tomarlos del brazo y empujarlos para que comiencen a correr. 

        — ¡Fuego!—ordenó uno de los guardias, y comenzaron a disparar. El hombre desplegó su capa al viento, y como si se hubiese alargado de un momento a otro, a todos allí los cubrió con ella, y los hizo en un parpadeo desaparecer en una ventisca de arena. 

Ø  Si querés que aparezcan con la Tribu del Desierto, seguí en la página 17;

Ø  si elegís que se materialicen en el Bosque Foscuro, seguí en la página 85.


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