La
trascendencia de las realidades los llevó a atestiguar un tipo distinto
de imagen, entre los espejismos de infinidad. El espejo oval encuadrado por
Cupidos de marfil (un regalo de lord Henry) les permitió ver a un
cautivador ser examinando sus facciones en una sala peculiarmente ornamentada.
La realidad lo estaba atormentando con una atrocidad a la que no estaba
acostumbrado. Un cuadro en la pared tenía el poder de conceder un deseo
insensato, y el joven no dudaba en ver en ese modelo de perfección, una
expresión distinta por más que el lienzo no evidenciara alteración alguna. Ese
reflejo, ahora manchado por un toque de crueldad en las comisuras de la boca,
transfería su delicado brillo y permanencia estática al hombre retratado.
Cuando la
gravedad de la situación lo empujó a una silla y a emular a El Pensador,
recordó ese día en el estudio de Basil Hallward en el que la última pincelada
había sido proferida. Ese fatídico momento fue en el que el lienzo dio una
monstruosa vuelta de tuerca. Cada siniestro ápice de la personalidad de la
noble figura y cada pecado cometido y penuria sufrida, no dibujaría arrugas en
su piel sino que envejecería al enmarcado trabajo del pintor, reposando oculto
en la pared. La imposibilidad de la incoherencia entre la imagen en el oval
arquetipo y la obra en sí, salía a la luz del sol en la deformidad
inconmensurable de sus abominables acciones, plegando sombras sobre sus labios
rojos.
Un cuchillo
lanzaría destellos, tiempo después, cuando volviera a ser empuñado luego de que
la sangre incriminadora hubiera sido limpiada. Su brillo tentaría al portador
atormentado, sonámbulo y horrorizado a cometer un crimen de significados que su
pobre vanidad no los dejaría entrever. La puñalada atravesó el retrato como si
de un espejo de agua se tratase, y devolvió el ataque al tiempo que daba por
finalizado el encantamiento de eterna juventud. La oscuridad se colaba entre
las múltiples habitaciones como se coló el grito sufrido del hombre vestido de
etiqueta. El odio hacia ese otro yo quedó impregnado en las huellas del arma
homicida, esa que tendrían que arrancar de los fríos y repugnantes dedos llenos
de anillos, y de su arrugado y apuñalado corazón.
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