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domingo, 31 de mayo de 2020

PÁGINA 91

 

La trascendencia de las realidades los llevó a atestiguar un tipo distinto de imagen, entre los espejismos de infinidad. El espejo oval encuadrado por Cupidos de marfil (un regalo de lord Henry) les permitió ver a un cautivador ser examinando sus facciones en una sala peculiarmente ornamentada. La realidad lo estaba atormentando con una atrocidad a la que no estaba acostumbrado. Un cuadro en la pared tenía el poder de conceder un deseo insensato, y el joven no dudaba en ver en ese modelo de perfección, una expresión distinta por más que el lienzo no evidenciara alteración alguna. Ese reflejo, ahora manchado por un toque de crueldad en las comisuras de la boca, transfería su delicado brillo y permanencia estática al hombre retratado.

Cuando la gravedad de la situación lo empujó a una silla y a emular a El Pensador, recordó ese día en el estudio de Basil Hallward en el que la última pincelada había sido proferida. Ese fatídico momento fue en el que el lienzo dio una monstruosa vuelta de tuerca. Cada siniestro ápice de la personalidad de la noble figura y cada pecado cometido y penuria sufrida, no dibujaría arrugas en su piel sino que envejecería al enmarcado trabajo del pintor, reposando oculto en la pared. La imposibilidad de la incoherencia entre la imagen en el oval arquetipo y la obra en sí, salía a la luz del sol en la deformidad inconmensurable de sus abominables acciones, plegando sombras sobre sus labios rojos.

Un cuchillo lanzaría destellos, tiempo después, cuando volviera a ser empuñado luego de que la sangre incriminadora hubiera sido limpiada. Su brillo tentaría al portador atormentado, sonámbulo y horrorizado a cometer un crimen de significados que su pobre vanidad no los dejaría entrever. La puñalada atravesó el retrato como si de un espejo de agua se tratase, y devolvió el ataque al tiempo que daba por finalizado el encantamiento de eterna juventud. La oscuridad se colaba entre las múltiples habitaciones como se coló el grito sufrido del hombre vestido de etiqueta. El odio hacia ese otro yo quedó impregnado en las huellas del arma homicida, esa que tendrían que arrancar de los fríos y repugnantes dedos llenos de anillos, y de su arrugado y apuñalado corazón.

 


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