Los viajeros
tuvieron la imagen imponente de un castillo gótico a escasa distancia, pero
nunca se hubieran imaginado encontrarlo en ruinas. En la entrada del jardín
delantero, empezaron a ir más despacio. Era una señora residencia venida abajo
por el tiempo, con ventanales, puertas dobles y cortinas comidas por las
polillas. Contrastaba con la Ciudad Gris por sus tonalidades verdosas, entre
las esmeraldas y el recuerdo de los musgos. Andrés creyó que era la fachada
nada más. Adentro tendría que ofrecer otra cosa.
Se detuvieron
frente a donde tendrían que haber estado las puertas. La principal entrada
estaba venida abajo con una estética gloriosa, por lo que tuvieron que ingresar
cautelosos por una ventana. Se podía ver poco en el interior, apenas los
muebles viejos. El palacio devenido en cementerio susurró un suspiro seco que
se lo llevó la respiración añorada que dejó a los viajeros pasar, y Alan los
invitó a que franquearan primero antes de que pudieran husmear más. Podría
haberse quedado y ni siquiera entrar. Le dirían cagón, tal vez, pero se
ahorraría las pesadillas que seguro iba a tener a la noche. El primer piso
tenía pinta de derrumbarse en cualquier momento…
Los recuerdos
de polvo en cada rincón que los ojos lograban encontrar, no eran difíciles de
imaginar como escombros nada más. Tristeza daba ver la sala de estar tan demacrada.
Coralto examinaba el interior sin respeto alguno por nada, mientras Andrés
escuchaba el crujir de sus pasos en el piso quejumbroso.
Siguiendo
curiosos, entraron al comedor. Había juegos de platos de porcelana servidos en
la mesa sobre el mantel roído, con los cubiertos todavía puestos en donde
deberían estar. Alan se preguntaba por qué habrían dejado vajilla y cubertería
caras así, al alcance de cualquiera. ¿Los habrían puesto para asustar? Justo
cuando estaba planeando ir a la cocina conectada al comedor, Andrés propuso la
loca idea de subir al primer piso. Estaba ya en la escalera, ofreciendo ser
secundado.
Ø
Eligió seguir al reflejo (en la página 99)
Ø
Optó por recorrer solo (en la página 102)
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