Alan lamentó el oscuro pensamiento que se había apoderado de su destino,
pero se convenció de que no había otra manera de salvarse que usando a su
reflejo para escapar de las arenas movedizas. Antes de que Andrés se percatara
de lo que estaba sucediendo, su contraparte trepó encima de él, librando su
cuerpo mientras el otro forcejeó por su vida, arañando al culpable de traición.
El mudo reflejo sufrió el hirviente trago mortal cuando Alan retiró hasta lo
último de sí de la perdición. Andrés fue usado de soporte para propulsarse
lejos, y Alan terminó fuera del pozo ciego, solo amenazado por la conciencia de
haber enterrado vivo a su doble.
Él reparó en su soledad, en la
enormidad del árido paisaje, y le aterró lo que había hecho. Una sensación de
pánico lo abordó al punto de creer que iba a tener un infarto o un ataque del
que no sobreviviría. Cuando lo superaron la culpa, el instantáneo remordimiento
y la gravedad de su egoísta accionar, despertó en su cama, agitado y con el
corazón en la garganta.
Una vez se hubo tranquilizado
difícilmente, y comprobado que todo había sido un horrible producto de su
subconsciente y/o imaginación, se dedicó a sus cotidianeidades mundanas para
cerciorarse de que no había preocupación alguna y lo logró; por lo menos hasta
la caída de la noche. El aburrimiento de la rutina y el deseo de olvidar ese
sueño que permaneció en sus retinas toda la tarde, lo llevaron a visitar a un
amigo y a aventurarse juntos en el consumo de una sustancia prohibida.
En primera persona protagonista,
Alan narró su naufragio para la cautela de los lectores de la posteridad.
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