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domingo, 31 de mayo de 2020

PÁGINA 90

                                                      

Alan lamentó el oscuro pensamiento que se había apoderado de su destino, pero se convenció de que no había otra manera de salvarse que usando a su reflejo para escapar de las arenas movedizas. Antes de que Andrés se percatara de lo que estaba sucediendo, su contraparte trepó encima de él, librando su cuerpo mientras el otro forcejeó por su vida, arañando al culpable de traición. El mudo reflejo sufrió el hirviente trago mortal cuando Alan retiró hasta lo último de sí de la perdición. Andrés fue usado de soporte para propulsarse lejos, y Alan terminó fuera del pozo ciego, solo amenazado por la conciencia de haber enterrado vivo a su doble.

            Él reparó en su soledad, en la enormidad del árido paisaje, y le aterró lo que había hecho. Una sensación de pánico lo abordó al punto de creer que iba a tener un infarto o un ataque del que no sobreviviría. Cuando lo superaron la culpa, el instantáneo remordimiento y la gravedad de su egoísta accionar, despertó en su cama, agitado y con el corazón en la garganta.

            Una vez se hubo tranquilizado difícilmente, y comprobado que todo había sido un horrible producto de su subconsciente y/o imaginación, se dedicó a sus cotidianeidades mundanas para cerciorarse de que no había preocupación alguna y lo logró; por lo menos hasta la caída de la noche. El aburrimiento de la rutina y el deseo de olvidar ese sueño que permaneció en sus retinas toda la tarde, lo llevaron a visitar a un amigo y a aventurarse juntos en el consumo de una sustancia prohibida.

            En primera persona protagonista, Alan narró su naufragio para la cautela de los lectores de la posteridad.

 

            (Sigue en PÁGINA 80)


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