Regresar por donde vino le
supo una infinidad de problemas, puesto que había recorrido un sin fin de
locaciones. Por un momento le pareció estar encerrado en una esfera a oscuras,
aunque fuera la penumbra de su mente, sonando. Después creyó tener que entender
lo visto, y hasta vio cosas sin recordarlas, y memorizo sin haberlas visto. Sus
pies se habían calcinado en la arena, se había perdido en un laberinto
subterráneo que le despertó un hormigueo en la espalda. ¿Dónde más había
estado? ¿Dónde había perdido a Andrés, si no se separaba de su lado? Tuvo de
pronto la certeza de que había elegido no conocer los secretos de una reina,
que quizás serian lujuriosos pecados inmorales o aborrecibles abominaciones
sangrientas. Pero él no era tales cosas...él era...Alan, sí. Un próspero
estudiante, que se había mudado hace poco y había visto algo raro en una
herencia...
— ¡En un espejo!—se
susurró perplejo, abriendo los ojos parado frente a un marco, su reflejo
obediente y su casa como la había dejado. Se valió del sentido del tacto para
cerciorarse de la autenticidad de todo a su alrededor.
— ¿Yo soñé despierto...o
me habían empujado a la fuerza adentro de esto?—se preguntó, y se percató de
una cosa. —Si me empujaron desde afuera...quiere decir que todavía hay…—una
persona lo sorprendió llamando de improviso a su puerta—peligro.
Anonadado, al abrir vio al
atractivo muchacho que había intentado sonsacarle información del espejo...pero
esta vez no venía solo. Alan cerró y trabó rápidamente, pero de afuera
embistieron con fuerza: eso no lo iba a proteger por mucho. Buscando con la
mirada algo en su casa que le sirviera de arma, se encontró observándose al
otro lado de la habitación. El otro desvió su mimesis unos segundos para darle
una idea. Alan tomó el marco de la pared justo cuando la entrada cayó
derribada, pero la embestida la dio ahora él contra los agresores. De un golpe,
los seguidores de la reina desaparecieron dentro de la imagen justo cuando el
trastrabilló contra el marco de la puerta, haciendo que los extremos del cuadro
se comenzaran a resquebrajar.
De milagro, él sacó una
fuerza de sí, lo suficientemente poderosa para sacar al fin a su compañero del
espejo. Ambos parados ahora sobre él, seguían corriendo el peligro de caer en
la oscuridad, por lo que ambos al mismo tiempo se alejaron y golpearon con
furia el vidrio y éste quedó hecho pedazos. Vencedores, cruzaron sus miradas. A
través de sus dos pares de ojos profundos, comprendieron que no estaban hechos
para ser divididos; y tomándose de las manos sangrientas, se complementaron en
un único ser.
No hay comentarios:
Publicar un comentario