El corcel
blanco caminaba sus penas con la arena caliente y el cielo en eclipse. Los
astros se lo habían anunciado ya entre titiladas y juegos de colores en esas
largas noches heladas, previas al encuentro que ahora coronaba su andar en lo
alto. La primera aparición de las que pueblan, fue la de un marco hacia un
paisaje distinto que se le presentó a la luz danzante. El bosque foscuro se
dejaba hasta oír, saborear…y a pesar de la tonalidad salvaje del verde follaje,
Cobalto no dudó en meter sus lacias crines a través de la ventana dorada. Ésta
cedió, y se extendió lo suficiente como para servirle de portal.
En el otro
paisaje el calor no asfixiaba de la misma manera. La humedad se respiraba en
ese aire, y la arena bajo sus patas se perdió entre tierra negra, hojas llovidas,
e insectos jugosos. El país en ese reino viviente y divergente era sabido
peligroso. De allí había aparecido tufando el Jabberwocky, con ojos
incendiados. Esa volcánica fuerza era capaz de sentirse, de engendrar demonios
de esa clase y enemigos filosos a empuñar. Cobalto atestiguó el episodio, en su
desventura por la foscuridad del bosque. Se vio en el reflejo de la espada que
cercenó la cabeza del de infernal mirar. Y más se apartaba de la escena, menos
conseguía escapar. La gravedad lo atrajo hacia el camino del filo, en el bucle
de tiempo, y solo al ser apuñalado, el equino rompió el ciclo y pudo continuar.
La sangre que
derramaba hervía de adentro hacia afuera. La mayor satisfacción se la causó el
galopar lejos entre los árboles curvilíneos, y las ramas mecidas, siempre que
pudiera poner la mayor distancia entre ese punto de las sombras en el que el
tiempo se repetía sin parar. El viento le traía un murmuro de correr, una
promesa de alivio a la sed, así fuera un charco de lluvia. Asustado por la
herida que le habían provocado, y por la atracción tan poderosa que no lo dejó
libre hasta haber respirado el aire del monstruo y besado la espada en agonía;
Cobalto aceleró.
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