Las demandas
reales fueron obedecidas ineludiblemente. Los intrusos fueron designados como
objetivos: en un repentino cambio de opinión, su Majestad decidió prescindir de
la imagen desdoblada de los jóvenes; su aroma infectando los receptores de las
obreras hasta el hartazgo. Cientos de apéndices recorrieron sus cuerpos,
tirándolos centímetro a centímetro; acercándolos al cenáculo de su perdición.
En horizontalidad, el mancebo se retorció como si estuviera bajo los dominios
del súcubo más atractivo, oscilando entre el placer onírico y el dolor del
desasosiego. Más en las rocosas recámaras, él y su reflejo fueron arrastrados a
un peculiar cerco bañado por la lluvia del exterior, que los lavó de la tierra
que los cubría.
Pronto
innumerables criaturas formaron un manto vivo, frenético, que se encargó de
devolverlos en sí, de roerlos hasta el
cansancio, adentrándose por cada fosa en el rostro y abriéndose paso entre el
tejido cutáneo.
Pulsaron bajo
la epidermis como si les erizaran los vellos, haciendo vibrar cada poro con
cada bocado. Para cuando Alan abrió los ojos esa velada, las sábanas olían a
precipitación fresca, y su piel hervía, roja, minada por heridas en descomposición,
listas para el consumo de la colonia.
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