El corredor del noreste se apareció extraño. Como otros espacios adyacentes bajo la mística morada de la corona, abruptamente cobró otras características, una pulsión energética alternativa de escenario contrario, de futuro a descubrir. Parecía a punto de tener que escribir su propio devenir, porque se le manifestó la epifanía de una fuerza ejerciendo su influencia antagónica, ocultando sus intenciones. El sentido que se despertó más receptivo fue el que percibió un dejo de incienso de proyección con notas de siete colores, dibujando humo azul sin dejar ceniza en las manos azarosas del karma más cruel. El espejado pasaje, que no había dejado de ser tanteado en inspección de su profundidad y composición tangible, no daba tregua, parecía no esconder sino perdición entre sus diapositivas un tanto inexactas, que respiraban todo el aire.
De pronto, los instantes se enfriaron con el vacío moteado de estrellas, en el reflejo de la luz de un sol contra un panel de una nave en órbita. Y la superficie bruñida permitió su atravieso. La que se intercalaba era la visión de otro futuro, distante, pero absorbiéndole el oxígeno y transfiriéndole la helada temperatura de la eterna noche al laberíntico espiral. Las ilusiones se deformaron en más de un plano semántico, y un sopor entrecerró sus ojos y su razonamiento cansino. Cuando los enemigos los encontraron estáticos, con un hilo de una sustancia plateada colgando de una fosa en el rostro, se percataron de que sus expresiones de habían paralizado en un aura sufrida, con el mirar carmesí lejano, inyectado de sangre.
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