(Viene de la PÁGINA 80)
Habiendo
ocurrido esa primera tragedia, le pedí encarecidamente a mi amigo que me
acompañara a buscar en ese mundo alguna tienda que estuviera abierta a esa hora
para conseguir algo de comida. Esa era mi nueva meta: comer. Mi compañero tenía
otro objetivo, pero aún era muy temprano para que yo lo supiera y él estaba
dispuesto a ayudarme. El juego se trataba de una serie de pruebas híper-realistas y
multidisciplinarias, pluri-cognoscitivas.
Tenía unos
gráficos muy realistas, aunque uno podía encontrar la falla si se quedaba
mirando fijamente al horizonte. Si éste se movía, significaba que estabas
demasiado metido en la trama, que habías jugado demasiado tiempo, o que habías
entrado muchos días seguidos.
La primera
prueba fue ubicarme geográficamente. Ni bien comenzamos a caminar hacia la
panadería, mi guía me indicó el camino incorrecto para que yo lo corrigiera,
algo que me costó mucho, porque el mundo me giraba laberínticamente como si
estuviera en otra gran película de la ciencia ficción: El Origen. Aunque dudé
por muchísimas razones, finalmente arrancamos el viaje en la dirección
acertada. No alcanzamos a hacer una cuadra, que mis sentidos me jugaron una
mala pasada. Una luz blanca sobre un monumento se me presentaba como
manifestación de un Boss, un jefe en gamer-lingo, esto me trajo pensamientos
religiosos, me creí en presencia y cuidado de una fuerza superior invocada por
la iluminación nocturna de la plaza, que se dejaba ver entre el follaje de los
árboles, más grandioso, con alta definición y detalle.
Alcanzamos
pronto el destino luego de la delimitación de las coordenadas. Mi brújula
estaba desorientada. Pude obtener mis bienes preciados
(carbohidratos/preparaciones con alto contenido de glucosa). Un hombre borracho
en una esquina me dio mucho miedo, quizás envalentonado por los juegos que él
estaría perdiendo a su manera. Necesité agua para la sequedad labial, y la
terminación de la ingesta desesperada y orgásmica, y Ale, transformado en mi
guía espiritual, me la facilitó como un conejo saca a un mago de la conejera.
Lo que siguieron fueron cruces de líneas de pensamiento inconexas, diversas y
peligrosas. Escuché secretos. Filosofé
conmigo mismo sobre mis saberes lingüísticos, sobre el amor por mi
objeto de estudio, que convergían con la Estética del Lenguaje.
Mi niño
interior quiso ver caricaturas, programas animados, que en distorsión de la
percepción del tiempo y el espacio visual tendrían un agregado de placer
tentativo, seductor. Pronto conecté el fluir de mi sangre a mí familia, dónde
hallé los sentimientos más profundos. La magia, mis gustos personales, las
aventuras que había vivido y soñado, todo hacía eco en el laberinto del nivel
lúdico que cruzábamos caminando.
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