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domingo, 31 de mayo de 2020

PÁGINA 75

(Viene de la PÁGINA 80)                                                                 

 

Habiendo ocurrido esa primera tragedia, le pedí encarecidamente a mi amigo que me acompañara a buscar en ese mundo alguna tienda que estuviera abierta a esa hora para conseguir algo de comida. Esa era mi nueva meta: comer. Mi compañero tenía otro objetivo, pero aún era muy temprano para que yo lo supiera y él estaba dispuesto a ayudarme. El juego se trataba de una serie de  pruebas híper-realistas y multidisciplinarias, pluri-cognoscitivas.

Tenía unos gráficos muy realistas, aunque uno podía encontrar la falla si se quedaba mirando fijamente al horizonte. Si éste se movía, significaba que estabas demasiado metido en la trama, que habías jugado demasiado tiempo, o que habías entrado muchos días seguidos.

La primera prueba fue ubicarme geográficamente. Ni bien comenzamos a caminar hacia la panadería, mi guía me indicó el camino incorrecto para que yo lo corrigiera, algo que me costó mucho, porque el mundo me giraba laberínticamente como si estuviera en otra gran película de la ciencia ficción: El Origen. Aunque dudé por muchísimas razones, finalmente arrancamos el viaje en la dirección acertada. No alcanzamos a hacer una cuadra, que mis sentidos me jugaron una mala pasada. Una luz blanca sobre un monumento se me presentaba como manifestación de un Boss, un jefe en gamer-lingo, esto me trajo pensamientos religiosos, me creí en presencia y cuidado de una fuerza superior invocada por la iluminación nocturna de la plaza, que se dejaba ver entre el follaje de los árboles, más grandioso, con alta definición y detalle.

Alcanzamos pronto el destino luego de la delimitación de las coordenadas. Mi brújula estaba desorientada. Pude obtener mis bienes preciados (carbohidratos/preparaciones con alto contenido de glucosa). Un hombre borracho en una esquina me dio mucho miedo, quizás envalentonado por los juegos que él estaría perdiendo a su manera. Necesité agua para la sequedad labial, y la terminación de la ingesta desesperada y orgásmica, y Ale, transformado en mi guía espiritual, me la facilitó como un conejo saca a un mago de la conejera. Lo que siguieron fueron cruces de líneas de pensamiento inconexas, diversas y peligrosas. Escuché secretos. Filosofé  conmigo mismo sobre mis saberes lingüísticos, sobre el amor por mi objeto de estudio, que convergían con la Estética del Lenguaje.

Mi niño interior quiso ver caricaturas, programas animados, que en distorsión de la percepción del tiempo y el espacio visual tendrían un agregado de placer tentativo, seductor. Pronto conecté el fluir de mi sangre a mí familia, dónde hallé los sentimientos más profundos. La magia, mis gustos personales, las aventuras que había vivido y soñado, todo hacía eco en el laberinto del nivel lúdico que cruzábamos caminando.

 

(Sigue en la PÁGINA 69)

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