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domingo, 31 de mayo de 2020

PÁGINA 81

            

— ¡Silencio! ¡Escuchen! —gritó de pronto uno. Inmediatamente todos dejaron de hablar y prestaron atención para descifrar qué emitía el sonido que llenaba las calles e ingresaba vagamente hasta el refugio pobremente iluminado con la fogata. Un zumbido extraño, ajeno a cualquier cosa que Alan o sus compañeros hubiesen escuchado, acompañó la imagen que vieron por el visor los presentes, quedando anonadados. Él tardó en comprender de qué se trataba cuando hizo foco con sus ojos, pero finalmente se horrorizó como los demás. Sintió que su corazón se detuvo y que ya no latiría jamás…o al menos, eso hubiese deseado. Por la calle a un lado de la fábrica en cuyo sótano secreto se refugiaban, unas enormes máquinas de casi tres metros de longitud con tentáculos electrónicos y luces azules en el frente dirigían miles personas que rodeaban a un ser escalofriante…gigante. Uno de ellos.

Solamente pudieron ver las extremidades inferiores de una de esas criaturas que tenían dominado el mundo entero, pero la gente allí afuera y los robots recolectores estaban todos haciendo reverencias a esa infernal entidad que ellos podían observar en toda su monstruosa grandeza. De piel oscura como la noche, como la más brillante pero temible noche… se estaba acercando. Dejó detrás a sus súbditos como si no pretendiera detenerse por nada, y atrás dejó la gigantesca máquina que emitía ese incesante zumbido tan perturbador que los hacía sentir que perforaba más y más sus tímpanos; y se acercó. Sus pasos hicieron temblar el edificio, el barrio, quién sabe si hasta la ciudad entera vibraba en ese momento junto con su caminar, pero no tardó en estar a su lado.

 

Y en el techo de la fábrica se sintió el crujido de la estructura retorciéndose bajo su enorme poder, y las paredes temblaron. El sótano pareció estar en el medio de un sismo. Instintivamente miraron hacia arriba, esperando encontrarse en cualquier momento con ojos sedientos de sangre; con un rostro demoníaco, con quien sabe cuántos dientes afilados, ansiosos y hambrientos de carne humana. Y por un momento Alan pensó que todo acabaría allí, porque no habría nada que pudiesen hacer para escapar o para librarse de la ira de aquél ser que hacía añicos la fábrica.

— ¡Corran, por acá! —gritó el Ocultista, guiando a todos por una puerta en la oscuridad, mientras las paredes comenzaban a resquebrajarse y la luz de los faroles comenzaba a colarse por entre las hendijas. Él les indicó la salida a los que conformaban el pelotón, incluyendo a los nuevos agregados, y mientras su escondite se desmoronaba tras ellos, el pasillo secreto terminó por fin y salieron todos a la calle débilmente iluminada. El Ocultista fue el último en salir, justo cuando el edificio colapsó y volaron escombros por todos lados. Cuando estuvieron fuera, la criatura fue capaz de verlos, aunque ellos no. Era verdaderamente gigante, se había tenido que agachar para tomar el edificio con sus manos, pero su rostro era imposible de ver ya que una gran luz cegaba su cabeza, como si saliera de sus ojos. Entonces…la criatura habló.

Su voz resonó y retumbó en toda la ciudad, como si hubiese pronunciado el lenguaje que hablaba la tierra, los sonidos que esta hacía al colisionar sus placas tectónicas. Era un muy grave y aturdidor conjunto de palabras incomprensibles el que había hablado, pero ni bien lo hizo, de las esquinas alrededor de la manzana se asomaron Recolectores buscando lo que les habían mandado.

 

(Continúa en la página 21)


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