— ¡Silencio! ¡Escuchen! —gritó de
pronto uno. Inmediatamente todos dejaron de hablar y prestaron atención para
descifrar qué emitía el sonido que llenaba las calles e ingresaba vagamente
hasta el refugio pobremente iluminado con la fogata. Un zumbido extraño, ajeno
a cualquier cosa que Alan o sus compañeros hubiesen escuchado, acompañó la
imagen que vieron por el visor los presentes, quedando anonadados. Él tardó en
comprender de qué se trataba cuando hizo foco con sus ojos, pero finalmente se
horrorizó como los demás. Sintió que su corazón se detuvo y que ya no latiría
jamás…o al menos, eso hubiese deseado. Por la calle a un lado de la fábrica en
cuyo sótano secreto se refugiaban, unas enormes máquinas de casi tres metros de
longitud con tentáculos electrónicos y luces azules en el frente dirigían miles
personas que rodeaban a un ser escalofriante…gigante. Uno de ellos.
Solamente pudieron ver las
extremidades inferiores de una de esas criaturas que tenían dominado el mundo
entero, pero la gente allí afuera y los robots recolectores estaban todos
haciendo reverencias a esa infernal entidad que ellos podían observar en toda
su monstruosa grandeza. De piel oscura como la noche, como la más brillante
pero temible noche… se estaba acercando. Dejó detrás a sus súbditos como si no
pretendiera detenerse por nada, y atrás dejó la gigantesca máquina que emitía
ese incesante zumbido tan perturbador que los hacía sentir que perforaba más y
más sus tímpanos; y se acercó. Sus pasos hicieron temblar el edificio, el
barrio, quién sabe si hasta la ciudad entera vibraba en ese momento junto con
su caminar, pero no tardó en estar a su lado.
Y en el techo de la fábrica se
sintió el crujido de la estructura retorciéndose bajo su enorme poder, y las
paredes temblaron. El sótano pareció estar en el medio de un sismo.
Instintivamente miraron hacia arriba, esperando encontrarse en cualquier
momento con ojos sedientos de sangre; con un rostro demoníaco, con quien sabe
cuántos dientes afilados, ansiosos y hambrientos de carne humana. Y por un momento
Alan pensó que todo acabaría allí, porque no habría nada que pudiesen hacer
para escapar o para librarse de la ira de aquél ser que hacía añicos la
fábrica.
— ¡Corran, por acá! —gritó el
Ocultista, guiando a todos por una puerta en la oscuridad, mientras las paredes
comenzaban a resquebrajarse y la luz de los faroles comenzaba a colarse por
entre las hendijas. Él les indicó la salida a los que conformaban el pelotón,
incluyendo a los nuevos agregados, y mientras su escondite se desmoronaba tras
ellos, el pasillo secreto terminó por fin y salieron todos a la calle
débilmente iluminada. El Ocultista fue el último en salir, justo cuando el
edificio colapsó y volaron escombros por todos lados. Cuando estuvieron fuera,
la criatura fue capaz de verlos, aunque ellos no. Era verdaderamente gigante,
se había tenido que agachar para tomar el edificio con sus manos, pero su
rostro era imposible de ver ya que una gran luz cegaba su cabeza, como si
saliera de sus ojos. Entonces…la criatura habló.
Su voz resonó y retumbó en toda la
ciudad, como si hubiese pronunciado el lenguaje que hablaba la tierra, los
sonidos que esta hacía al colisionar sus placas tectónicas. Era un muy grave y
aturdidor conjunto de palabras incomprensibles el que había hablado, pero ni
bien lo hizo, de las esquinas alrededor de la manzana se asomaron Recolectores
buscando lo que les habían mandado.
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