(Viene de la PÁGINA 87)
Alan usó una piedra que se
movió en el forcejeo y Andrés se afianzó de la astilla + hongo = martillo, y
con ellas golpearon a la hormiga-tamaño-vaca. El vuelto fue una embestida como
de toro contra la pared de tierra, mientras la guardia real se lamentaba
furiosa por las quemaduras del martillazo. Manchas solares encendieron el
exoesqueleto del invertebrado, y el contraataque fue una inmediata respuesta,
antes que el padecer deviniera en su perecer. El infortunio del calcinado los
impulsó a correr lejos, en dirección... ¿a dónde? ¿A los aposentos de la
Reina?
— ¿Ella dio la orden
de no atacarnos, por qué huirle? — observó Andrés, lo que fue suficiente para
que los dos buscaran ese camino. Antes de que los interceptaran más guardias
reales, que se escuchan cerca, Alan tuvo que detenerse cuando su compañero fue
captado al pleno vuelo por algo invisible a sus ojos.
—Me llama—solo dijo, y se
desvió hacia un cuarto oculto por una enredadera en flor. Frente al espejo
ofrendado encima de un pedestal, en el que solo uno de ellos podía encontrarse
con su mirar, Andrés pidió, ceremonioso, consejo, y sacó de su mente
pensamientos mágicos y palabras ocultas [o al revés].
(Sigue en la página 95 y después en la 92)
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