(Viene de la página 63)
Detrás del
tapiz tuvo la impresión de arrimarse a la cueva montañosa de una criatura
mitológica, al botín de mil pirateos peligrosos, encantados con la maldición de
brujas despechadas. Tan poderoso era el encanto que olvidaba por momentos si
seguía o no acompañado, sintiéndose tanto observado como escoltado a continuar.
Deidades coléricas de otros tiempos y dimensiones desconocidas se respiraban en
las cercanías, pero entre las sombras alrededor de los atesoramientos áureos,
los guardias reales cual centinelas enmascarados de anonimato mártir, les
saltaron a la yugular ni bien los sintieron romper con el estupor fantástico
que sabía a riesgo, a destino fatal. La persecución tomó lugar inmediatamente,
y en su conocimiento de las trampas dispuestas, los hicieron sentir casi
custodiados (a pesar del ritmo y las intenciones no tan ocultas) en su caída.
La perdición fue evidente cuando se hallaron encerrados en una gran vasija de
vidrio con varios niveles y elevaciones, en lo que les pareció un cuarto
diseñado para tormentos. Y cuando ya les resultó complicado y fútil, entraron a
una zona caótica que desafió las leyes más elementales. El desafío consistió de
pronto en escalar a la parte más alta del castillo. Lo absurdo de la situación
era la ilusión de estar escalando un esqueleto reflectante, compuesto de
astillas y espinas.
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