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sábado, 30 de mayo de 2020

PÁGINA 38

(Viene de la página 63)                                                                    

 

Detrás del tapiz tuvo la impresión de arrimarse a la cueva montañosa de una criatura mitológica, al botín de mil pirateos peligrosos, encantados con la maldición de brujas despechadas. Tan poderoso era el encanto que olvidaba por momentos si seguía o no acompañado, sintiéndose tanto observado como escoltado a continuar. Deidades coléricas de otros tiempos y dimensiones desconocidas se respiraban en las cercanías, pero entre las sombras alrededor de los atesoramientos áureos, los guardias reales cual centinelas enmascarados de anonimato mártir, les saltaron a la yugular ni bien los sintieron romper con el estupor fantástico que sabía a riesgo, a destino fatal. La persecución tomó lugar inmediatamente, y en su conocimiento de las trampas dispuestas, los hicieron sentir casi custodiados (a pesar del ritmo y las intenciones no tan ocultas) en su caída. La perdición fue evidente cuando se hallaron encerrados en una gran vasija de vidrio con varios niveles y elevaciones, en lo que les pareció un cuarto diseñado para tormentos. Y cuando ya les resultó complicado y fútil, entraron a una zona caótica que desafió las leyes más elementales. El desafío consistió de pronto en escalar a la parte más alta del castillo. Lo absurdo de la situación era la ilusión de estar escalando un esqueleto reflectante, compuesto de astillas y espinas.

 

(Sigue en la página 110)


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